Por Trudi Lee Richards
Traducido del ingles por Lily Starkman y Juan Carlos”Quique”Gaía

Version 1

Winged Lion Press
copyright Trudi Lee Richards, 2010 Todos los derechos reservados

A todos los niños

i.

Soy la luz del sol

Euforia cosmológica

Amante de la vida

Eternidad del misterio

Delicioso sorbo

Felicidad silenciosa

Destino oceánico

Y muchas cosas más

Provengo de un misterio conocido
Similar a esta florecilla amarilla
De la simpleza, la inocencia y la curiosidad

De alrededores cálidos
Días soleados y noches de luna llena.

Provengo del impulso por crecer
Abierto al mundo para mostrar

Mis colores ocultos.

– Jorge Espinet, en algún momento del 2006

Contenido

Prefacio – página 1 Introducción: Jorge – página 3

I. No sufrir dos veces – página 5
II. Compasión – página 12
III. Historias que esperan ser escritas… página 27 IV. Entrelazarse y soltarse – página 29
V. Poemas para Jorge – página 61

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Fotografía
Jorge y Trudi en el Parque Red Bluff, 2008

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Prefacio

Hoy, cuando regresaba de mi paseo vespertino inmersa en un atardecer de rojos suavemente intensos, pensé, es el color del Amor. Me recordó a Jorge. Y también recordé, aunque suene bastante extraño, el color del papel mural en la habitación de mis padres cuando era niña, un lavanda claro y rosado con templos chinos plateados y árboles, dragones y pájaros. Hoy, jamás pondría un papel como ese, es demasiado cursi. Pero en aquél entonces era mágico. Como Jorge.
Esta tarde, durante mi paseo me crucé con muchas personas, y ninguna de ella me miró. Tal vez soy invisible – bromeé para mis adentros – quizás mis esfuerzos por neutralizar el “Yo” posesivo han tenido éxito. Después de todo, me he estado esforzando por ver la realidad de un modo nuevo, sin aferrarme a ella. Intentando romper con mi hábito de toda la vida: adherirme a todo, a mi esposo, a mis hijos, a mi vida, a mi tiempo. En vez de ello, sólo deseo observar y apreciar, ver el mundo flotando en la claridad y el silencio, puro e inocente. Como Jorge.

Entonces, vi a un hombre joven que caminaba de prisa en mi dirección, con una taza de café en la mano y la capucha de su campera levantada, totalmente ajeno a mí. Su expresión meditabunda y ensimismada, su rostro estaba en la oscuridad, de espaldas al atardecer. Se lo diré, pensé. Le diré que se de vuelta y mire, esto le hará bien a su corazón. Sin embargo, pasé de largo. Le sonreí, pero él miraba al fijamente frente y yo no pude apartarme de mi propio mecánico andar para hacer algo inesperado, fuera de lo común y amable.

Lamenté estar tan concentrada en mí. Es probable que romper con ese aislamiento educado en el que vivimos no sea el ideal de todos. Sin embargo a mí, en primer lugar, me gustaría vivir en un mundo donde todos pudiéramos comunicarnos más libremente.

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Y creo que ese mundo está llegando, un mundo donde será normal detener a un extraño en la calle al atardecer y decirle: -¡Mira! ¡Es hermoso!-, y la persona se dará vuelta, mirará, sonreirá, y dirá – Gracias – desde el fondo de su corazón. De este modo, despertaremos la amabilidad y la calidez entre nosotros, en todas partes, simplemente siendo nosotros mismos. Será un mundo menos atemorizante.

Es posible, por supuesto, que todo empeore antes de eso, antes del hartazgo, antes de que podamos elevar nuestro sentido común para arrojar toda la estructura organizativa de este sistema putrefacto y moribundo por la ventana para comenzar la construcción de un nuevo sistema, benevolente y completo. Una nueva forma de vida donde el futuro se abrirá ante nosotros como un libro estupendo, el libro más maravilloso que alguna vez imaginamos leer, un libro que no tendrá fin.

Si el mundo empeora primero, o si no sucede así lo cual anhelo fervientemente, te ofrezco este pequeño libro para que te acompañe en tu viaje, este “manual” de la vida de Jorge Espinet, que trata del amor y la compasión, de la inocencia y la alegría, de la paz profunda. Ojalá que estas historias nos ayuden a sortear cualquier dificultad que se presente durante nuestras largas y hermosas vidas.
Trudi Lee Richards
29 de Noviembre de 2010
Davis, California

Prólogo

Cuando Jorge Espinet decidió que estaba listo para partir (de este mundo), habían transcurrido 35 años desde nuestro primer encuentro. Lo conocí en un lugar donde la convivencia era ineludible. En aquel penal de Resistencia, por la noche nos encerraban en celdas individuales, pero durante el día compartíamos “la cuadra” (un espacio de 100 por 20 mts.), con más de cien personas.

A Jorge lo “gastábamos” constantemente, porque vivía preocupado por tres dolencias que se le habían acumulado, y lo tenían a mal traer. Una de ellas era la ciática, que luego sería causa de una operación en Méjico. La segunda: unos hongos que se habían instalado en su cuerpo, y una tercera, había, que no recuerdo muy bien.

El punto es que, por causa de esas tres enfermedades, decíamos (como broma) que él había logrado incorporar un “triángulo interno”, en alusión a un tema humanista de aquellos tiempos.

Era fácil reírse con él, y también de él. Jorge era un tipo suave. De emoción cálida y serena, parecía un viento que se desplaza silenciosamente entre las cosas y las personas, sin provocar la más leve perturbación.

Cuento todo esto porque, cuando Trudi me envió el escrito que había hecho sobre las historias de Jorge, obviamente yo sabía ya cómo había sido Jorge en esta vida, y conocía bien esas historias, y no obstante, no pude dejar de sorprenderme ante la evidencia que se mostraba ante mi.

Para empezar, ese carácter casi “angelical” que mostraba Jorge en numerosas ocasiones. Convengamos que no es “normal” que si un desconocido te pregunta por una dirección en la calle, tú lo invites a tomar un café y lo lleves a tu casa.

Jorge tenía ese toque extraño capaz de convertir situaciones y producir desenlaces inesperados. Así fue como se libró de la tortura, y de una mala muerte. Pero no sólo se libró él, sino que también libró a sus eventuales victimarios de la comisión de aquellos hechos de violencia.

Esto nos ubica frente a otro hecho impactante que es propio de estas historias extraordinarias. Se pueden observar claros procesos de “conversión” en algunas personas. Asistimos por ejemplo a la transformación de dos torturadores en benefactores que, corriendo un riesgo propio, le salvan la vida.

Desde nuestra perspectiva humanista, estos son hechos muy significativos, porque muestran que no existe una naturaleza maligna esencial en los violentos, sino que por debajo de la “piel” de la monstruosidad, puede existir un ser humano confundido, sufriente y atrapado en un conjunto de circunstancias que él no eligió.

Esto a su vez permite avanzar hacia la reconciliación y renovar la fe en la posible evolución del género humano.

Otro tema interesante es el relacionado con las experiencias de contacto con lo profundo. Cuando los torturadores se vienen acercando por el pasillo, Jorge se siente cada vez más tenso y atemorizado, hasta que en un momento determinado escucha una voz interior que le sugiere esperar, y no sufrir doblemente. También el policía que lo enfrenta experimenta un acceso momentáneo a un ámbito de otro nivel, y renuncia a la violencia.

Situaciones donde una “luz” especial brilla entre los hombres… una luz que transforma lo que toca, que disuelve la oscuridad, y abre una esperanza a futuro: el sueño de una nueva humanidad solidaria y no violenta.

Agradezco haber conocido a Jorge y a esta luz que él portaba. De alguna manera, sigue iluminando el camino de aquellos que aún andamos por aquí…

Con mucha frecuencia últimamente, cuando me sumerjo en el espacio interno, siento su presencia cálida y alegre, y aflora el recuerdo de su mirada serena y vital.

Para Jorge, para Trudi, y para todos aquellos que leen estas líneas: paz, fuerza y alegría!

Rosario, 24-01-2011

Página 11

A Jorge Espinet Primer
Introducción


Jorge
En Argentina, sobre las ondulantes llanuras de Entre Ríos, una provincia ubicada en la región conocida como Mesopotamia, situada a orillas del gran río Paraná, se encuentra la pequeña ciudad de Paraná, a unas horas de distancia al norte de la ciudad de Buenos Aires. En ese lugar nació Jorge María Espinet Marco, el 29 de octubre de 1939, en una época más parecida a los inicios de la década del 1900 en los

***

Daniel León

Estados Unidos. En ese tiempo, la radio era muy popular y no habría televisión hasta veinte años después. Pese al melodrama consagrado por el tiempo de la política argentina, con su curiosa pareja de baile entre los militares y la iglesia, la vida en el pueblo era lánguida. El momento más emocionante en la infancia de Jorge fue cuando un jaguar apareció flotando río abajo sobre una isla de nenúfares, sin poder hacer nada más que admirar el paisaje mientras flotaba en remolinos hacia el mar después de la gran lluvia en la nortina jungla brasileña.

Cuando Jorge tenía casi nueve años, su tía le leyó las líneas de la palma de la mano y le dijo que cuando creciera iba a vivir en los Estados Unidos. También le predijo que se casaría dos veces, tendría cinco hijos, que casi moriría en la mitad de su vida y sería millonario. Todo se cumplió, menos esto último. Sin embargo, ella no aclaró en qué sería millonario, por lo tanto, tal vez esa parte también se cumplió.

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A los doce años, Jorge sufrió la perforación del apéndice lo que le causó una peritonitis, o sea la infección del peritoneo. Los doctores hicieron todo lo posible para salvarlo, pero fue inútil, los médicos les dijeron a los padres que su hijo moriría. Mientras la madre se deshacía en llanto en un rincón de la casa, su padre se acercó a Jorge y le habló suavemente y con calma, sin un indicio de duda o de temor. Le explicó que iba a morir y que iría al cielo pero que allí se encontrarían. Esto hizo que Jorge se sintiera tan bien que se recuperó.

Como todas las personas, Jorge atravesó momentos difíciles durante su crecimiento, pero fue un niño bueno y un buen joven. Corrió muchas aventuras, de las que algún día alguien escribirá un libro más largo.
Sin embargo, hay tres historias que es imprescindible narrar. Las primeras dos, se las escuché contar a Jorge tantas veces que las sé de memoria. Y en la tercera historia, yo estaba en el medio del asunto puesto que era su esposa en esa época. En este libro les contaré las tres historias que son las narraciones que muestran la esencia de Jorge Espinet.

Las dos primeras comienzan cuando Jorge tenía más de veinticinco años y su novia Teresa quedó embarazada. Esta situación lo metió en un gran lío. Dejar a una muchacha embarazada era una cosa terrible, algo que su madre le había repetido mil veces que nunca, pero nunca, debía hacer, y él terminó haciéndolo dos veces. La primera vez, la chica abortó y quedó destruida. Ahora, esta segunda vez, Jorge se sintió tan

culpable por aquella primera que se casó. No estaba enamorado de Teresa, pero ella era muy buena, hermosa y pertenecía a una clase social adecuada para agradar a su madre.
Unos meses después, Teresa dio a luz a una hermosa bebé. La llamaron Ivana y era las delicias de su padre. Pasaron cuatro años y Teresa tuvo un varón, Melchor, y nuevamente Jorge no pudo creer el modo en que este nuevo hijo lo llenó de una alegría tan completa.

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Jorge y Teresa vivieron juntos casi cinco años. Con el tiempo, se mudaron al sur de Argentina, a Comodoro Rivadavia, una ciudad helada y con un viento incesante, donde Jorge había conseguido trabajo en un banco. Pero las cosas no estaban bien entre ellos y decidieron separarse.
Esto apenó tremendamente a Jorge. ¿ Cómo haría para vivir sin sus pequeños? Pero no veía otra solución. Sus intereses eran muy distintos a los de Teresa, y él sentía que no podía continuar con un matrimonio en el que no podía ser él mismo, eso no sería bueno incluso para los niños. Así, decidió hacer todo lo que pudiera por sus hijos aún cuando

no pudiera estar con ellos, dado que en esa época no había dudas de que la madre era quien debía tener la custodia de los hijos.

I. No sufrir dos veces

Jorge se hallaba en medio de esta crisis cuando conoció al extranjero. Un día, cuando regresaba a casa después del trabajo, se encontró con un joven con mochila que le preguntó por una dirección.
-No, no tengo idea -le contestó Jorge – pero, ¿te gustaría tomar un café? – Por supuesto, – le dijo el joven.

Entonces, lo llevó a su casa, donde tomaron café en la cocina y conversaron. Jorge siempre fue curioso y amigable, al igual que el joven extranjero. Su nombre era Daniel y había venido a visitar a algunos amigos. Jorge le contó acerca de su desdichado matrimonio y que estaba por viajar a su casa en Paraná para poner al tanto a sus padres de su separación y que volaría primero a Buenos Aires donde tendría que esperar seis horas para tomar el vuelo a Paraná.

Una vez terminado el café, el joven le preguntó: -¿Te gustaría hacer una experiencia?-
-Seguro, -respondió Jorge- ¿por qué no?

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Jorge siguió las instrucciones de Daniel: cierra los ojos…relájate…ahora imagina una esfera transparente y luminosa que desciende hasta ti hasta alojarse en tu corazón… Y de repente, se sintió invadido por una Luz increíble, pleno de una tremenda alegría y la confianza suprema e inquebrantable de que todo estaría bien.
Tal vez esta sensación se debió a que Jorge estaba en crisis o quién sabe por qué, pero la experiencia lo caló tan hondo que en ese momento supo sin duda alguna que quería saber más acerca de este fenómeno.
En eso no hubo ninguna dificultad, el joven le entregó una lista de nombres de amigos en Buenos Aires que le darían toda la información que quisiera. El extranjero le dijo que la meditación era algo que habían aprendido de un tipo llamado Silo.
Al tiempo, Jorge viajó a Buenos Aires, y mientras esperaba el vuelo a Paraná sacó la lista de los nombres que le había dado el joven.

Buscó un teléfono y llamó al primer número. Ocupado. El segundo, el teléfono sonaba una y otra vez…nadie. Tampoco atendieron en el tercer nombre de la lista, la gente debía estar trabajando, pensó. Pero finalmente su suerte cambió y una voz de mujer, joven, respondió alegre y amistosa.

-¡Ah! ¡Por supuesto que podés venir, tenemos un cumpleaños y estaremos encantados de conocerte!- le dijo y le dio la dirección.

El lugar no estaba muy lejos del aeropuerto y Jorge partió hacia allá caminando con su equipaje. Quince minutos después estaba en la dirección indicada. El departamento estaba repleto de gente joven, todos muy amigables, festejando los 21 años de alguien. Jorge, que ya tenía alrededor de 30, era mayor que la mayoría pero fue bienvenido como uno más. Aún tenía la valija en la mano, y estaba saludando a un muchacho de cabellos largos cuando la puerta se abrió violentamente. -¡Todos contra la pared!¡Esto es un allanamiento militar!-. Frenéticamente, una pandilla heterogénea compuesta por algunos individuos de la policía federal y otros civiles armados entró como una tromba al departamento.

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Los intrusos empujaron a todos contra la pared, parados y con las manos en la nuca mientras ellos los palpaban y después registraron la casa. Finalmente, esposaron a todos los presentes y los condujeron a una camioneta. Jorge protestó en vano que iba a perder el avión. Los llevaron a todos a la central de policía donde separaron a hombres y mujeres. Jorge y los otros muchachos fueron encerrados en una dependencia repleta de personas de aspecto común, hombres de todas las edades.
Lo que había sucedido, un hecho desconocido para todos, era que el novio de la chica que vivía en el departamento allanado se hallaba de camino al cumpleaños cuando explotó una bomba en las inmediaciones. Instantáneamente, de todas partes aparecieron policías y detuvieron a todos los que estaban a la vista, especialmente si eran jóvenes.
La policía arrinconó al muchacho y lo interrogaron para saber qué hacía en ese lugar. Él les contestó que estaba de paso pues iba a un cumpleaños. Acto seguido le pidieron la dirección. Debido al miedo y la confusión, él les dio la dirección. Lo arrestaron, lo encerraron en el coche celular, allanaron la casa de la novia y todas las personas que encontraron allí fueron arrestadas sin un cargo específico. Ellos eran culpables simplemente por asociación.

Si Jorge hubiera conocido esta historia, sin dudas no habría habido ninguna diferencia en los resultados. Sus planes habían volado como pájaros por las ventanas de su cerebro asombrado. Charlando con algunos de los otros prisioneros se enteró que todos los demás en la habitación fueron arrestados por sospecha de ser “terroristas”. Esas eran épocas en las que el suceso más inesperado se podía imponer en una vida perfectamente común…

Los otros cinco jóvenes que habían sido arrestados junto con él, tenían apenas veinte años, Roberto, Daniel L., Daniel P., Héctor y Gustavo. Los seis se quedaron muy juntos mientras esperaban con ansiedad averiguar lo que les ocurriría y Jorge se alegraba de que al menos conocía sus caras.

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Estuvieron en esa habitación probablemente durante una hora, o tal

vez más, cuando se abrió la puerta de una oficina adyacente, aparentemente también llena de prisioneros y entró un hombre joven que comenzó a abrir los cajones de los escritorios y armarios buscando algo frenéticamente.
Cuando le preguntaron qué buscaba, él contestó que buscaba una hojita de afeitar. Dijo que lo habían estado torturando y que no

soportaba más, que iba a cortarse las venas. Los seis nuevos amigos se miraron intranquilos. Más tarde sabrían que la razón por la que no se les daba agua ni comida durante todo el día y la noche era para evitar que sufrieran un ataque cardíaco cuando ellos también fueran torturados.

Los mantuvieron de pie en esa oficina atestada de prisioneros durante toda la noche. Se les prohibía hablar, acostarse en el suelo o ir al baño. Y así, en la oscuridad, Jorge solo podía especular sobre lo que le pasaría. Intentó convencerse de que su familia pronto sabría dónde se hallaba y lo rescatarían, pero sabía que esto era poco probable en realidad, muchas personas desaparecieron y cuando sus familias averiguaron que estaban presos, no pudieron hacer nada. Además, tenían miedo de intentarlo.

A la mañana siguiente, para su desgracia, vinieron los guardias y se llevaron a los seis amigos a diferentes lugares. El guardia que estaba a cargo de Jorge lo condujo a empujones por un corredor y comenzaron a descender por una escalera húmeda y fría. El hombre permaneció en silencio ante las preguntas de Jorge. Siguieron bajando por las interminables escaleras…dos…tres…cuatro o tal vez cinco pisos hacia las profundidades de la Tierra. Finalmente, llegaron al fondo y doblaron por un corredor con puertas estrechas. El guardia se detuvo y abrió una de ellas, empujó a Jorge para que entrara y puso el cerrojo. Estaba solo.

El lugar estaba tan oscuro que no podía darse una idea de las dimensiones pero la sentía asfixiantemente pequeña. Pudo entrever un colchón en el suelo. A tientas logró llegar a él y se sentó sobre la frazada húmeda y pegajosa.

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De pronto, se comenzaron a escuchar los sonidos, eran unos sonidos perturbadores, voces, llantos que provenían de muy cerca. Los podía escuchar aunque no quisiera, el no debía estar oyendo eso, pero si, eran personas que gritaban, eran llantos guturales, golpes sordos. Jorge quería desesperadamente dejar de oír esos ruidos, quería despertar de este horror, pero no pudo evitar escuchar, y mientras oía supo con una certeza pavorosa que esos ruidos eran porque estaban torturando a personas.
Contuvo la respiración, aguzó el oído. Si, esos eran sonidos de personas que sufrían y de personas que producían ese sufrimiento… Una voz aulló: -¡Abrí las piernas!-, después se escuchó el sonido de golpes, de llanto ahogado.
Se oyó una voz aterrorizada, y de repente, el silencio, como si hubiera sido acallada intencionalmente. Otra voz, un gemido, “¡No, no!”, y después un alarido…

Jorge comenzó a temblar. Los sonidos se oían cada vez más cerca. Venían en su dirección. Estaba seguro. Todo su cuerpo comenzó a sacudirse incontroladamente, la adrenalina lo invadió con un horror frío…

Las manos, las piernas y el torso se estremecían, sabía que llegaría su turno, no había forma de detenerlos, de detener su terror, de evitar la tortura, ¡tenía que hallar un modo de escapar! Su corazón latía tan fuertemente que tuvo miedo de sufrir un ataque cardíaco y ese pensamiento hizo que el corazón latiera aún más fuerte y más velozmente, como si fuera a salirse del pecho.

Tenía que tranquilizarse.
Jorge había sido ateo durante muchos años, pero ahora, enmudecido, su garganta atenazada por el miedo, rezó en silencio, le rogó a Dios, a Jesús, a la Virgen María, a los ángeles, a su madre, sollozando de terror en la oscuridad. En su interior, lloró implorando, pidiendo ayuda de dondequiera que sea, y si no había un dios, entonces de lo que habia, [Page 18]

del más profundo y más verdadero parte de si mismo. Por favor, por favor, ayúdame a tranquilizarme…¡Protégeme!

Y de pronto, desde un lugar pequeño y tranquilo en su interior escuchó la voz.

-Espera- dijo en un tono suave y calmado, casi casual. -Estás sufriendo dos veces. Espera sólo un momento a ver qué ocurre.-

Y todo se detuvo. Todos los temblores en su cuerpo, todos los miedos lo abandonaron y se sintió invadido por una bendita calma.
La voz, que no era una voz física, o algo que puede escucharse con los oídos, sino el tipo de sonido que únicamente se puede oír con el corazón. Una voz que años después Jorge pudo reconocer como la voz de su Guía Interno.

En paz, como un lago en el verano, pleno de serenidad, Jorge esperó. Por supuesto, no había razón alguna para crear otra agonía adicional cuando nada había ocurrido aún.
Solo podía estar asombrado y agradecido a lo que haya sido que lo salvó de aquél terror insoportable.

Sentado sobre la manta, sonreía cuando se abrió la puerta y tres guardias furiosos surgieron de entre las tinieblas. Jorge los miró. Le recordaron a personajes de caricaturas, casi se podía ver la rabia que exudaban sus poros en formas de espirales y estrellitas. El individuo que estaba en el centro aulló

-¡Te vamos a freír!
Jorge simplemente le devolvió una mirada amplia y serena. Esto enfureció al guardia aún más.
-¡Qué te pasa! ¿No me crees?

Jorge se escuchó responderles
-No!…este… digo… si, si les creo, lo que pasa es que tengo curiosidad. -¿Curiosidad? ¿De qué?

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-Tengo curiosidad de saber por qué motivo están tan enojados conmigo si ni siquiera saben quién soy.
Frente a esa respuesta, el guardia reaccionó con una mano aferrando su pistola y cerrando el puño de la otra en forma amenazadora, cuando de repente pareció contenerse, como si lo que pensaba decirle no tuviera demasiado sentido después de todo, y simplemente se quedó mirándolo. Jorge le sostuvo la mirada, lleno de paz. Realmente sentía curiosidad. ¿Qué podrían estar sintiendo estas personas que los hacía actuar de este modo?
Lentamente, el guardia se relajó, bajó el puño y la pistola, agachó la mirada como avergonzado.

-Es que… cumplimos órdenes, debemos hacerlo.
-Ah, bueno, si tienen que hacerlo, yo los entiendo- les aseguró Jorge. Después de todo, los entendía. Era su trabajo. Y a veces los trabajos no tienen mucho sentido.
-¿Me podrían convidar un cigarrillo?

Como despertando de un trance, el guardia hurgó en su bolsillo buscando el paquete de cigarrillos, sacó uno y se lo tendió a Jorge. Inmediatamente, de un modo casi amistoso, le ofreció fuego. Luego, le hizo una seña a los otros dos y el trío salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Jorge estaba solo.

Lleno de paz, fumando, se quedó esperando en la oscuridad. Agradeció profundamente en su interior por este milagro inesperado. Aún no sabía qué le iba a ocurrir, pero fuera lo que fuera, ya no sentía miedo. No pasó mucho tiempo antes de que se volviera a abrir la puerta. El guardia que había hablado con él regresó solo.

-Vení conmigo- le dijo. Jorge se levantó y lo siguió.
Caminaron por el largo corredor, subieron las interminables escaleras y atravesaron varias entradas hasta llegar a otra oficina. El guardia abrió una puerta y lo hizo entrar.

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La habitación estaba repleta de prisioneros que lo recibieron con abrazos y genuinas felicitaciones. Si estaba allí, le dijeron, era porque habían decidido no torturarlo.

II Compasión

De allí, Jorge fue enviado a la unidad penitenciaria de Devoto, una cárcel que la revista Times apodó como el “penal del infierno más oscuro de toda la Argentina”. Esposados, cargaron a Jorge y sus cinco amigos, en la parte trasera de un camión junto con veinte o treinta prisioneros más, amontonándolos en celdas de transporte, de a dos en cada una.

A pesar de que era otoño, el calor dentro de las celdas era sofocante, el aire, escaso y denso. En cada cubículo había un pequeño respiradero que hacía las veces de ventilación. El camión avanzó lentamente durante varias horas. Jorge y su compañero de celda, cubiertos de transpiración se turnaban para respirar por el agujero del ventilete. En un punto del camino, el camión se detuvo. Pasaron unos momentos sin que nada ocurriera, ni un movimiento, ni un ruido, ni siquiera voces. Entonces, el sonido de una ametralladora quebró el silencio y en seguida reanudaron la marcha. Jamás supo qué había pasado.

Para cuando llegaron a su destino, Jorge estaba seguro de haber adelgazado varios kilos de pura transpiración. Así, bañados en sudor, fueron introducidos en una habitación tan húmeda y fría que se podía ver el vapor de la respiración. Los dejaron allí, cerrando la puerta maciza y echando el cerrojo como si fuera una cámara frigorífica. Estuvieron encerrados durante horas, sus ropas húmedas se

congelaron pegándoseles a la piel mientras saltaban y se abrazaban el cuerpo para mantener el calor.

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Finalmente, la puerta se abrió y los prisioneros fueron conducidos a otra habitación. Allí les dijeron que habían sido detenidos sin acusación explícita por orden ejecutiva presidencial. Todos los derechos constitucionales habían sido suspendidos por lo cual podían quedar detenidos indefinidamente. Y eso fue todo. No hubo ninguna otra explicación.
Todo lo que podían hacer era esperar. A pesar de que se les permitía comer, si es que los amigos o la familia les habían traído alimentos, y hacer ejercicios durante una hora cada día, se respiraba un clima de peligro y los guardias los hostigaban constantemente, con amenazas, insultos y gritos aunque no mediara una razón aparente.
Pasado un tiempo, por fin les permitieron escribir cartas, entonces Jorge escribió a su familia. Más tarde, su hermana le contó del alivio inmenso que sintieron al recibir noticias suyas. Cuando no llegó en el vuelo a Paraná y Teresa le afirmó que había partido según lo planeado, comenzaron a buscarlo con una desesperación creciente en la Cruz Roja, en todos los hospitales, en la policía, preguntaron en todos los lugares que se les ocurrió. Con esa carta, al menos pudieron saber lo que le había ocurrido aunque no pudieran hacer nada para liberarlo.

Cuatro días después, Jorge y sus compañeros fueron trasladados de la cárcel de Devoto nuevamente. Encadenados y esposados junto con otra gran cantidad de prisioneros los subieron a un avión militar de carga. Cuando la nave despegó perdiéndose en la noche, los amigos se miraron angustiados, rogando desesperadamente no estar viajando hacia el sur, puesto que ello significaría que su destino era la temible prisión patagónica, famosa por sus indecibles condiciones de vida y las horrendas violaciones a los derechos humanos. El avión no tenía ventanillas por lo que era imposible saber qué dirección había tomado. Solo les restaba volar en la noche conteniendo la respiración.

Cuando por fin aterrizaron y descendieron a los tropezones de la nave, para su deleite percibieron en el aire la humedad de la selva. ¡Estaban en el norte!

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Del aeropuerto, los trasladaron en camiones a su nuevo hogar, la Prisión U7 en la provincia del Chaco. Cuando llegaron, sintieron que la suerte aún estaba de su lado.
Un guardiacárcel de actitud paternal, ayudó a cada uno a bajar del camión y cuando le tocó el turno a Jorge le dijo: -Cuidado hijo, no te mojes los pies-.
Y realmente el barro era bastante profundo.

Comparada con otras prisiones, en ese lugar no los trataban tan mal. Por supuesto que había problemas, no eran vacaciones. Por un lado, la alimentación era miserable, un mate cocido de desayuno y un pedazo de pan duro, y en la cena un plato de sopa aguada con un hueso y unas legumbres, los odiados porotos que durante el resto de su vida Jorge jamás volvió a comer con gusto.

Otra dificultad era la falta de luz solar pues los mantenían dentro de las celdas durante casi todo el día. Sólo veían el exterior a través de un ventanuco cerca del techo, que daba al patio empedrado donde salían a hacer ejercicios. Cuando tenían la oportunidad, se paraban cerca de la ventana para ver un pedacito del cielo a lo lejos, esperando ver pasar una nube o un pájaro…
Y una vez cada tanto, quién sabe si fruto de la paranoia o de puro aburrimiento, los guardias los despertaban con gritos en medio de la noche, entrando como tromba con cachiporras y perros que gruñían. Jorge aprendió a despertar del sueño profundo en forma instantánea, quitarse la ropa como un rayo y quedarse de pie, desnudo, de cara a la pared, las piernas separadas para ser registrado. Esa era la única forma de evitar ser enviado al “chanchero”, un cubículo demasiado bajo como para estar parado y donde era imposible sentarse porque el suelo estaba cubierto de excrementos humanos y vidrios rotos.

Sin embargo, los prisioneros recibían un buen trato la mayor parte del tiempo en el penal del Chaco. Los prisioneros tenían celdas individuales bastante cómodas con camas, y durante el día se les permitía estar en la sala común donde leían, escribían, jugaban y conversaban.

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Por suerte, los prisioneros tenían celdas confortables pues para esa época, Jorge sufría cada vez más dolores debido a la ciática y pasaba mucho tiempo en cama.
Su cualidad de escuchar a los demás con tanta empatía, inspiraba confianza a sus compañeros que los otros prisioneros venían a cuidarlo y a charlar y otros venían a abrirle el corazón y contarle sus problemas. Y él se quedaba allí recostado, escuchando y sonriendo con el mate en una mano lo que hacía acordar tanto a la realeza que comenzaron a llamarlo “Cleopatra”.
En medio de todo este proceso, Jorge comenzó a pasar mucho tiempo conversando, estudiando y meditando con sus cinco amigos y con otros, incluyendo algunos guardias, que se habían interesado en la obra de Silo. Uno de los cinco amigos tenía un libro llamado “Meditación Trascendental” y juntos estudiaban minuciosamente el texto, esforzándose para manejar el primero de los doce pasos: “Aprender a ver…”

Aprender a ver. Jorge miraba a su alrededor preguntándose qué podría significar esa frase. Luego, en el libro leyó la explicación de Silo: “Allí, no obstante la atención que ponía en el objeto que se me presentaba, veía que esta atención fluctuaba y que afloraban los ensueños. Allí descubrí el surgimiento de los ensueños…”.

Por supuesto, esa explicación era perfecta. Al observar algo, intentando ver realmente, aún en momentos más “normales”, inevitablemente se cuelan un millón de cosas irrelevantes que toman el control de nuestra atención. Y allí, en la prisión, los ensueños negativos tendían a ser implacables. Nunca se sabía qué iba a ocurrir luego, te podían sacar al patio y pegarte un tiro cuando se les antojara. A medida que avanzaban en su estudio, los pasos de la “meditación trascendental” se hacían más complejos, abriéndose paso entre las capas cada vez más profundas de las sutilizas. Pero Jorge agradecía la intensidad del estudio pues así evitaba caer en cualquiera de las tres “vías de sufrimiento”, como lo decía Silo: la memoria, la percepción y la imaginación.

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El estudio en conjunto fue una gran ayuda. Se reunían todas las mañanas después del desayuno para meditar y uno de ellos oficiaba de guía: “Imagina una esfera luminosa y transparente que desciende hasta ti hasta alojarse en tu corazón…” Y Jorge, aunque no con la misma fuerza abrumadora de la primera vez, volvía a sentirse lleno de paz y de luz. Era una experiencia suave, una forma de luz interna, como si los pétalos delicados de una inmensa flor se abriera en su interior y aclarara su alma…
Fue también en este lugar donde Jorge dio los primeros pasos para liberarse de la prisión. Uno de sus compañeros, un abogado, le había dicho que los prisioneros que no detentaran acusaciones formales en su contra podían acogerse al derecho de abandonar el país. Entonces, le escribió a las autoridades, explicando su caso y esperando lo mejor. Según sus cálculos, habían pasado cuatro meses desde que había llegado a ese lugar cuando vinieron a buscarlo. Recién regresaba de tomar el magro desayuno cuando el guardia viejo que le había dado la bienvenida la primera vez, le dijo que reuniera sus pertenencias y lo acompañara. Iba a ser trasladado.
Al principio, tuvo una luz de esperanza. ¡Tal vez su petición había sido aceptada!
Pero luego, de camino al jeep que lo esperaba, el guardia le dijo que había llegado una orden “de muy arriba” y que lo llevaban a ver a su madre que estaba agonizando.

¡Su madre se moría!
Jorge apenas se dio cuenta de que dos guardias nuevos lo esposaban y lo subían al jeep. Ni siquiera prestó atención al camino que tomaban mientras viajaban por la selva. Su madre, con sus brazos que parecían abarcarlo todo, su consuelo, siempre allí cuando la necesitaba…Jorge sintió crecer una gran angustia dentro de sí y abrazó a su madre en su corazón mientras avanzaban a los saltos por la ruta, emergiendo del vientre de la selva hacia la arrogante luz matutina.

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Jorge pertenecía a una familia muy conocida en Paraná, por lo cual su caso era de público conocimiento, especialmente para la iglesia, pues sus padres siempre habían sido muy creyentes. Entonces, cuando se confirmó que su madre estaba agonizando, el padre, que también se llamaba Jorge, y su hermana menor, María del Huerto, habían pedido ayuda al obispo para que Jorge pudiera ver a su madre por última vez. Un antiguo y muy influyente amigo de la familia, quien durante muchos años frecuentó la mesa de la devota familia, había rechazado un pedido de audiencia que le habían solicitado para que permitiera a Jorge visitar a su madre. Ante la insistencia de el padre y de la hermana, este señor (el Obispo de la ciudad) al fin telefoneó al más poderoso de los poderosos, el Comisario General …“El Brujo”… López Rega y le suplicó una solución al problema.

Y así fue que estos guardias vinieron a buscar a Jorge y ahora se dirigían a la estación de trenes que los conduciría a Paraná. Y la situación era tan surrealista, encadenado, escoltado por la fuerza al lugar donde nació, el pueblito donde jugó y vagabundeó libre en sus años de infancia y juventud…

Ahora, en la ciudad de Resistencia, Chaco, los soldados rodearon la estación con sus armas y a lo largo de los andenes hasta donde alcanzaba la vista, listos para proteger el tren de cualquier ataque, como si una banda de terroristas estuviera a punto de asaltar el tren y liberarlo. Era más que absurdo.

Cuando llegó el tren, sus captores subieron con él, uno de ellos sostenía un arma apuntando a la cabeza y el otro con el arma apoyada en su espalda. Si le disparaban, al menos su muerte sería rápida.

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Lo llevaron a un vagón litera donde lo dejaron parado, esposado a la

barandilla de la cama de arriba. Lo miraban con odio, con sus armas todavía apuntando a la cabeza y al corazón mientras el tren arrancaba. El tren se deslizaba a velocidad constante por el paisaje suavemente ondulado, a través de la vegetación selvática exuberante, y por extensiones del río brillantes bajo el sol. Los guardias estaban claramente descontentos por tener que vigilar a ese prisionero tan molesto. En silencio, mantenían las armas alzadas como si estuvieran

esperando que Jorge en cualquier momento fuera a realizar alguna toma de judo fantástica y escapara de sus ataduras.
Finalmente, uno de ellos le preguntó sarcástico:
-¿Y vos qué hiciste? Seguro que fue algo gordo porque la orden de arreglar este viaje vino directamente del Brujo y se nos dijo que te vigiláramos muy de cerca…¿qué hiciste?¿Sos algún guerrillero importante como el Che? ¿Volaste algún puente?

Jorge no pudo evitar reírse.
-Si yo les contara, no me creerían- les respondió.

– Pero no, claro que te creemos – protestó el que lo interrogaba. -¿Qué hiciste?
– Bueno…verán, yo no soy nadie, todo fue un gran error…- y les contó con lujo de detalles sus desventuras comenzando por su desafortunada presencia en la fiesta de cumpleaños y los subsiguientes meses de cautiverio junto con otras personas inocentes.

Cuando mencionó que había sido aprehendido y encarcelado por orden de López Rega sin una acusación, uno de los guardias exclamó – ¡López Rega, ese hijo de puta! ¿Sabías que promovió a todos sus amigos a los puestos que me correspondían? Ahora, de ninguna manera podré ser promovido…

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El otro guardia le respondió con amargura

– ¡A mí me hizo lo mismo! – Ambos estaban indignados –Este tipo es un desastre.
Jorge asintió, y mientras seguía contando su historia se dio cuenta de la creciente compasión en los guardias. Sin importar de qué lado los habían puesto las circunstancias, todos tenían algo en común: el odio por López Rega y el modo en que el país era gobernado.

Cuando terminó su relato, los guardias se miraron. Uno de ellos sugirió:
– Bueno, en realidad este tipo no parece tan peligroso.
El otro se encogió de hombros y asintió:

– Al menos podríamos dejar que viaje sentado.
Y así, por suerte, le sacaron las esposas y dejaron que se sentara en la litera de abajo. Visiblemente aliviados, enfundaron las armas y también se sentaron, uno al lado de Jorge sobre la cama y el otro en la única silla que había. Jorge les agradeció, frotándose las muñecas para reactivar la circulación.
Durante un rato viajaron en silencio, mirando por la ventana el paisaje que se alejaba. Ambos guardias eran personas de edad mediana, personas comunes vestidos con uniforme. Uno de ellos, que parecía más viejo, con una calvicie prematura, el otro tenía aspecto de gaucho, delgado y curtido. Al observarlos, Jorge no pudo evitar la curiosidad de saber cómo serían sus vidas.
Al final, qué mal podría hacer, decidió preguntarles.

-¿ Y qué tal el trabajo? No debe serles muy fácil con este tipo de tareas. – No. La verdad es una mierda – contestó el más joven – Nunca sabemos dónde nos van a enviar en la siguiente misión, estamos a su disposición y olvidate de las vacaciones.

El más viejo agregó:
-Si, es una vergüenza realmente, este trabajo no es para nada lo que nos había dicho. Imaginate, yo era un joven estudiante de abogacía y pensé que la fuerza de policía sería una oportunidad de servir

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al pueblo, un avance en la causa de la justicia…¡Y mirame ahora! Nada más lejano de lo que quería hacer con mi vida.
-Debe ser muy difícil…- le respondió Jorge comprensivo. Y entonces, sin saber de dónde se le escapó la pregunta,
– ¿Alguna vez tuvo que torturar a alguien?
El más viejo lo miró fijo, repentinamente a la defensiva.
-¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Por supuesto que debimos hacerlo! Es parte de nuestro trabajo, además esos hijos de puta se lo merecen.
El otro guardia asintió con un gruñido.
-Por supuesto – dijo Jorge deprisa – no estoy cuestionando el hecho de que lo merezcan o no. Solo tengo curiosidad de saber cómo lo viven ustedes, personalmente. ¡Debe ser difícil!

Los hombres permanecieron en silencio por un momento. Entonces el más viejo habló:
-Bueno, en verdad no es agradable. Realmente no me gusta… Y lo peor es cuando averiguas que la persona era inocente. Me ocurrió hace un par de meses. Tuve que torturar a una piba, pobrecita, una y otra vez, todos los días…casi se muere. Por suerte los médicos pudieron salvarla. Supe después que no tenía nada que ver con los terroristas. El otro le contestó con impaciencia:

-Yo se bien de lo que estás hablando. A mi me pasó lo mismo. Tuve que torturar a un profesor que enseñaba, creo que filosofía, en la Universidad de Córdoba. Lo arrestamos por error, pensamos que estaba conectado con los estudiantes que participaban en la guerrilla. Tuve que torturarlo durante dos semanas seguidas. Me hicieron decirle que teníamos a su hija y que si no nos daba la información la íbamos a torturar y a matar. Era mentira. Pero igual confesó, y más tarde supimos que era todo inventado. Estaba claro que no tenía ninguna relación con la guerrilla, que no tenía ningún dato importante, y que inventó toda una historia para salvar a su hija…y nosotros ni siquiera la teníamos en custodia.

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– Si, es horrible, una cosa terrible…- dijo el otro – Otra vuelta me pasó que…

Y fue como si se abrieran las compuertas de un dique. Los dos hombres comenzaron a hablar, a confesar todos los crímenes en contra de otros seres humanos que se habían visto forzados a cometer, desahogándose de todos los horrores que habían administrado y presenciado sin hacer nada para detenerlos. Jorge estaba sentado y los escuchaba en silencio mientras ellos le abrían su corazón. Esos hombres vivían en agonía. Apenas podía imaginar vivir de ese modo…Cuando terminaron de hablar, ambos estaban completamente quebrados, sus rostros mojados por las lágrimas mientras hablaban de sus años cautivos en una esclavitud moral insoportable de la que ahora ya no había salida posible.

A medida que los escuchaba, Jorge se sintió invadido por una compasión infinita. Sabía en su corazón que él también podría haberse visto en una trampa similar. Cualquiera podría haber estado en su lugar. El lugar donde te lleve la vida dependía tanto de la suerte o de accidentes completamente incontrolables. Cada uno de esos hombres había buscado un modo de ganarse la vida y mantener a su familia y la fuerza de policía parecía una opción honorable. Pero luego, los acontecimientos tomaron una mala dirección en el país y los militares se obsesionaron con el terrorismo y cualquier acción, con tal de prevenir la pestilente propagación del comunismo y de sofocar la violencia de los rebeldes, se volvió totalmente justificada.

Pero ya en ese momento, el hecho de que les gustara o no su trabajo era irrelevante. Ya habían oído y visto demasiado, no había modo en que pudieran ser liberados, no había salida.
Jorge sintió la necesidad de decir algo, algo que los ayudara.

– Oigan amigos – protestó – ¡No pueden darse por vencidos! ¡Ustedes son personas amables y decentes, puedo ver que son de buen corazón y que pueden cambiar! Todos podemos cambiar…
-No, no – le dijo el más joven – para nosotros es demasiado tarde. Estamos destruidos por dentro.

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– Es verdad – asintió el otro – para nosotros este es el final. Nunca vamos a ser libres. Pero vos, amigo, cuando te miro a los ojos, veo que sos una persona libre. Nosotros estamos esclavizados por dentro para siempre.
Jorge no supo qué decir. Estaba horrorizado por esas vidas estropeadas, por el sufrimiento desesperanzado que soportaban día a día.
Tal vez…sólo podía tener la esperanza de que algún rayo de luz milagroso los ilumine.
La travesía por las extensas llanuras era larga, se dirigían hacia el sur, hacia la planicie comprendida entre los ríos Paraná y Uruguay. Varias horas después, en medio de la noche llegaron a Santa Fé, una ciudad

vecina a Paraná, donde debían bajarse del tren. La ciudad familiar, silenciosa por la hora, se abrió ante él, los mismos edificios enmohecidos y vencidos por el clima, los lugares por donde había pasado tantas veces tiempo atrás, la arquitectura que una vez imitó a la gloria europea y que hoy se desmoronaban agrietados. A medida que el tren avanzaba hacia la estación, Jorge notó, una vez más, que las vías estaban rodeadas de soldados.

Disculpándose por la necesidad de hacerlo, los guardias nuevamente lo esposaron. No sería bueno para ellos, le dijeron, si los veían tratándolo bien.
Y se internaron en la noche, mientras los guardas le daban un empujón cada tanto a modo de prevención.

Lo cargaron en una camioneta y viajaron por un túnel largo construído debajo del río hacia su ciudad natal, Paraná.
En el hospital, fueron recibidos por el médico de cabecera, quien, aunque desconocido para los otros, era primo de Jorge. El doctor agradeció a los guardias por traerlo y luego se volvió hacia Jorge.

– Lamento informarte que tu madre ha estado en coma los últimos siete días. La ciencia médica ha hecho todo lo que estaba a su alcance. No estará despierta para verte. Pero, al menos, vos podés verla por última vez y despedirte.

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Jorge le agradeció y le pidió que lo llevara con ella. Su primo asintió y guió a Jorge y a los guardias por el corredor.
Al entrar en una espaciosa sala, se detuvieron frente a la cama de una anciana enjuta y demacrada que yacía con los ojos cerrados, tranquila, como si estuviera muerta. Era una mujer que Jorge jamás había visto. -Pero… esta mujer no es mi madre – balbuceó

Su madre, a quien había visto apenas hacía unos meses era una mujer alta, de cabellos castaños, que no se parecía en lo más mínimo a esa anciana esquelética ante sí.
Al sonido de su voz, la mujer abrió lo ojos y su rostro se encendió con una sonrisa de felicidad

– ¡Jorge, has venido!
Y de repente, si, era ella, con sus hermosos ojos verdes brillando dulcemente al reconocer a su hijo, tendiendo sus brazos delgados para abrazarlo.
– ¡Mamá! – Los guardias le permitieron acercarse. Él solo podía inclinarse para besarla pues tenía las manos esposadas detrás, apoyó su mejilla en la de ella mientras que la madre lo abrazaba y lo sostenía. Y allí estaba, nuevamente en sus brazos, por un breve instante, hasta que, exhausta, dejó caer los brazos suavemente sobre las sábanas. Jorge se sentó en la cama y la miró a los ojos con lágrimas en los suyos. – Mamá, voy a volver a verte nuevamente muy pronto – le mintió, sabiendo que no había forma de que ella viviera para verlo otra vez.

Ella no se dejó engañar
– No, mi amor – le respondió sonriendo – no, yo te voy a volver a ver en el cielo.
Entonces, los guardias le dijeron que era tiempo de regresar. Jorge besó a su madre una vez más, entregándole todo su amor mientras sus labios se demoraban

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sobre la piel suave y luego, ya estaba caminando por el corredor hacia la noche, entre los dos guardias, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Volvieron a subirlo en la camioneta, regresaron a Santa Fe por el túnel subfluvial y llegaron al departamento de policía donde los guardias le explicaron que tenían que informar antes de regresar al tren.
En el lugar había un tremendo alboroto. Sentado detrás de su desordenado escritorio el jefe de policía echaba chispas. Cuando los guardias trajeron a Jorge ante él, les gritó
– ¿Este es el prisionero político? – los guardias asintieron – Bueno, me alegro de verlo. ¡Vamos a cortarlo en pedacitos! Simplemente matarlo sería demasiado bueno. Vamos a cortarlo en lonjas con una hojita de afeitar mientras está vivo y respirando y aullando de dolor!
En ese momento, algo extraño le ocurrió a Jorge. Una vez más se sintió invadido por una intensa calma, y con una voz profunda que apenas

pudo reconocer como suya, una voz que parecía elevarse de algún lugar en su interior dijo reflexivamente:
-Bueno, si mi momento ha llegado, estoy listo.
Pero sus guardias no lo estaban. El guardia más viejo, haciendo un sugestivo guiño casi imperceptible para llamar su atención, como para decir “espera”.

– Señor – se dirigió el guardia al jefe furioso – desafortunadamente tenemos órdenes especiales para este prisionero. No puede ser tocado. Tenemos órdenes estrictas de entregarlo a López Rega en persona. Con una mirada fulminante, el jefe ordenó a sus hombres que vigilaran a Jorge y les dijo a los guardias que lo siguieran a la habitación contigua, cerrando la puerta tras de sí.

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Jorge escuchó sus voces que comenzaron a subir de tono hasta gritar. Y después, sin previo aviso, los guardias aparecieron en la puerta, lo tomaron de los brazos y le dijeron “¡Corré!”
Y los tres corrieron a toda velocidad fuera del departamento de policía, dieron vuelta a la esquina y vieron un taxi esperando en la intersección. Lo detuvieron, se subieron y le pidieron que los dejara en la estación del ferrocarril. Cada tanto miraban hacia atrás mientras el taxi avanzaba velozmente, pero para su asombro, nadie salió a

perseguirlos y entonces, mirándose incrédulos entre si y después a Jorge, los guardias comenzaron a chillar de alegría, riéndose y abrazando a su cautivo, gritando felices
– ¡Te salvamos la vida! ¡Te salvamos la vida! ¡Nosotros, te salvamos! Jorge no podía menos que unirse al goce, riéndose sorprendido, abrazándolos y agradeciendo con todo su corazón.

Cuando llegaron a la estación, la suerte aún los acompañaba. Un tren estaba a punto de partir para Buenos Aires. Se subieron cuando traqueteaba y hallaron asientos en un vagón. Sentados, recuperando el aliento, se miraron sonriendo como niños que se han salido con la suya en la mayor travesura imaginable. El tren comenzó a moverse y aún no había señales de persecución. Entonces, los guardias le explicaron a Jorge lo que había sucedido.

– El jefe acababa de recibir noticias de que los guerrilleros habían bombardeado los cuarteles en Rosario y que había muchas bajas y heridos. Vos eras un chivo expiatorio perfecto. Estaban listos para torturarte y matarte de la peor manera posible.

Nuevamente, Jorge les agradeció con toda el alma y también dio gracias a la fuerza, cualquiera sea esta, que lo protegía en esta tierra extraña…
El tren avanzaba veloz en dirección a Buenos Aires, y viajaron juntos unas cuantas horas más. A la hora de cenar, los guardias lo invitaron al

coche-comedor. Cenaron y brindaron como si Jorge fuera un antiguo gran amigo reencontrado, contándole de sus familias, sus esperanzas y [pág. 26 / 34]
sus temores. Jorge no dejaba de pensar en el modo en que podía ayudarlos a salir de su situación imposible, hubiera deseado hacer más, pero sabía que jamás podría decir una palabra a nadie a favor de ninguno de los dos hombres sobre lo que había hecho por él. Ni siquiera sabía sus nombre como también sabía que serían unos tontos si se lo dijeran.

Cuando el tren llegó a Buenos Aires, extrañamente no había nadie esperándolos. Nuevamente, tomaron un taxi al departamento de policía. Una cuadra después, la estación ya no se veía, y los guardias le pidieron al chofer que se detuviera y bajaron. Entonces, mientras el taxi se alejaba, cada uno abrazó a Jorge afectuosamente. Él les devolvió el gesto. Ellos le habían salvado la vida, pero también, de algún modo extraño, él sabía que también había salvado las suyas…

El más viejo lo miró con los ojos brillantes de lágrimas,
– Amigo, lamento que tengamos que dejarte aquí, la verdad es que te convertiste en más que un amigo. Pero te ruego que nunca le digas a nadie lo que hicimos por vos. Nos pueden matar, y no solo a nosotros sino también a nuestras familias, o como mínimo, nos arruinarían y no tenemos otro modo de ganarnos la vida. Sin embargo, estoy

profundamente agradecido de haberte conocido, de haber podido hacer alguna cosita para ayudarte.
El más joven asintió. Abrazó a Jorge una vez más y mirándolo a los ojos le dijo:
– Por favor, hacé por nosotros lo que nosotros no podemos hacer.
Y diciendo esto, lo esposaron nuevamente y lo llevaron a la policía donde lo dejaron.
En el departamento de policía le informaron que su petición para salir del país había sido otorgada.
– Pero si alguna vez intentás volver, te van a matar apenas te vean- le dijo el oficial en tono amable.
Jorge lo tomó como una advertencia bien intencionada. No dudaba de que lo que le había dicho era realmente así.
Lo mantuvieron en custodia durante unos días más hasta que llegó su momento de viajar a México. Lo esposaron y lo llevaron al aeropuerto donde le permitieron abrazar a su familia, su padre, su hermana, Teresa y los niños. Su hermana le trajo una valija.
– Algunas cosas que tal vez precises…-le dijo. Su familia, siempre cuidándolo.
Cuando Jorge abordó el avión con destino a México, el piloto en persona vino a saludarlo. Les dijo a los guardias que ya podían retirarse, pues de ahora en adelante él estaba a cargo.

– Pero, primero, por favor, quítenle las esposas – les dijo, y luego se dirigió a Jorge – En mi avión, señor Espinet, usted es una persona libre.

III. Historias que esperan ser escritas

Aún en estado de shock por haber sido expulsado de su país, Jorge llegó a México, extrañando a sus hijos y sintiéndose desorientado. Al menos, su hermana mayor, María Lola, estaba allí para recibirlo. Feliz, ella le dio la bienvenida. Y lo acogió en su casa en donde vivió varios meses, a su vez el se dio cuenta que tenía que hallar el modo de ganarse la vida sin demora, lo cual no era tarea fácil para un extranjero. Se dispuso a lograrlo por medio de su hábil imaginación.
De esa época y la siguiente mitad hay muchas más historias esperando ser escritas: historias sobre cómo intentó vender desde pares de medias hasta seguros, pero el sistema se ensañaba en contra de los extranjeros y simplemente no lograba ganar lo suficiente para vivir, o de cuando una vez, que estaba demasiado hambriento, se vistió con el mejor traje que encontró en la valija que María del Huerto le había entregado y entró en un buen restaurante, se acercó a una mesa donde cenaban un grupo de hermosas muchachas y les preguntó si les gustaría cenar con un argentino. Joven, alto y bien parecido,

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con ese tipo de deslumbrante inocencia que hace que las mujeres quieran protegerlo, era irresistible. Ellas aceptaron el honor de su compañía. Entonces, Jorge les dijo que estaba bien, pero que tendrían que pagarle la cena.
Historias sobre cómo, cuando casi no podía caminar por la ciática que había empeorado desde sus días en la prisión, se las arregló para pedirle al Presidente de México que lo enviara al mejor hospital del país donde el más reputado cirujano le operó la espalda y el Presidente lo llamaba todos los días para asegurarse de que estaba bien.
La historia sobre cómo el embajador norteamericano lo invitó a viajar a los Estados Unidos y él le contestó que debía pensarlo, porque estaba planeando irse a Francia. Pero finalmente aceptó y es así como terminó en Berkeley, con 35 dólares en el bolsillo y una muchacha en la calle le dio un inmenso abrazo de bienvenida cuando supo que recién había llegado, y eso marcó la gran diferencia.
Las historias sobre sus ocho años en Berkeley, donde participó en el Movimiento Humanista, sembrando muchas amistades duraderas y realizando sus propias reuniones en su departamento. O cómo trabajó en diferentes tareas menores, enviando dinero a sus hijos en Argentina hasta que finalmente logró dominar el tortuoso idioma lo suficiente

como para inscribirse en unos cursos de control de contaminación de aguas en lo que trabajaría hasta que se jubiló después de sufrir un ataque cerebral en el año 2003.
Historias sobre cómo, al mudarse a San Francisco en 1984, conoció a su esposa, es decir, a mi, y a mis gemelas de dos años en un picnic del 4 de Julio organizado por la Comunidad para el Desarrollo Humano en el Parque Golden Gate. Se podría escribir otro libro completo sobre los veinticinco años que estuvimos juntos. Creo que bastaría decir que desde el primer momento nos reconocimos, nos amamos y confiamos el uno en el otro tan profundamente y tan inmensamente como el universo, que jamás dudamos, ni por un momento, que debíamos estar juntos.

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Fueron años plenos y ricos. Ojala hubieran durado eternamente, y para aquellos dotados de una mejor visión, es probable que jamás se terminen en realidad. Pero para aquellos de nosotros que aún estamos en el mundo mortal, enclaustrados en la miope visión del túnel, tienen que terminar, y el fin, como son siempre los finales, fue inesperado y esperado. Esta es la última historia que contaré aquí, en este pequeño libro: la historia de la partida de Jorge.

IV Entrelazarse y soltarse

Para la época en que el final asomó su nariz por la puerta, Jorge y yo nos habíamos entrelazado como dos enredaderas selváticas, enroscados uno alrededor del otro tan cómodamente que apenas se distinguía dónde terminaba uno y comenzaba el otro. En eso nos convertimos después de años de vivir juntos, formando una familia y haciendo cuanto se podía para mejorar el mundo, sin mayores problemas entre nosotros durante muchos años.

Tal vez el final tenía que llegar en ese momento porque simplemente estábamos tan cómodos, tan dependientes el uno del otro. Rara vez hacíamos cosas separados y ninguno de los dos podía imaginar la vida sin el otro, aunque sabíamos que probablemente uno de los dos moriría primero, a menos que tuviéramos la sorprendente buena suerte de sufrir un accidente automovilístico, como los padres de una de nuestras amigas en Chile.

Pero, por supuesto que cualquiera haya sido la razón más profunda, lo que le ocurrió a Jorge tuvo su explicación racional. Fue el maldito cigarrillo.
Recuerdo mi incredulidad al descubrir, demasiado tarde, que el hombre del que me había enamorado era un fumador ávido y devoto. En mi familia, el tabaco era un enorme no-no, y cada vez más,

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en toda Norteamérica. ¡Todo el mundo sabe que fumar produce cáncer, por Dios!
Así que durante años perseguí desesperadamente a Jorge para que dejara el cigarrillo, pero él amablemente hacía que dejara de lado mis preocupaciones, hasta que me di cuenta de que era inútil. Era tan testarudo y además, disfrutaba muchísimo el cigarrillo.
Su abuelo lo había iniciado cuando tenía 15 años con un cigarro y un vaso de whisky detrás del granero. Por aquellos días, en Argentina todos fumaban, y nadie pensaba que fuera una mal vicio. A Jorge le disgustaba el horror moralizante con que se prohibió legalmente fumar en los Estados Unidos. Cuando le planteaba mis temores de que el cigarrillo le produciría cáncer de pulmón, siempre respondía que no tenía ninguna intención de tener cáncer y que si así fuera, bueno, todos tenemos que morir de algo ¿no?
¿Y qué podía hacer yo? Solo esperar lo mejor y rezar para que todo estuviera bien.
Fue en el 2008 que la tos comenzó, junto con un dolor raro en la espalda. Jorge fue a ver a nuestro médico, que lo examinó y le aseguró que todo estaba perfectamente. Aliviado, regresó a casa y nos sentimos sumamente afortunados.

Pero la tos y el dolor permanecieron, nada importante, pero siempre presente. De algún modo su persistencia era alarmante. Continuó yendo al médico, solo para que lo declarara en buen estado de salud, pero los problemas siguieron empeorando gradualmente. La situación siguió así por meses. Entonces, en diciembre de 2008, comenzó a toser con sangre y solicitó una placa de rayos X. Cuando tuvo los resultados, el medico le dijo nuevamente que todo estaba bien.

Finalmente, una noche a principios de marzo de 2009, apenas nos habíamos sentado a cenar, Jorge se quejó de un dolor muy fuerte en el pecho. Se fue al dormitorio y se acostó, pero cuando le pregunté si quería que llamara al médico me respondió que no, que lo iban a mandar a emergencias en el hospital, que seguramente se le pasaría en un rato.

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El dolor no cedió, al contrario, empeoró. Yo me sentía en un dilema. Sabía que debía llamar al 911 o al menos, subirlo al auto y llevarlo a emergencias, pero Jorge era obstinado.
– Espera un poco, iremos en la mañana – continuaba diciéndome.

Y el peso inmenso de mi deseo de que él estuviera bien y feliz hizo que no forzara la situación y que ignorara la acuciante verdad de que necesitaba buscar ayuda.
Pasamos la noche en vela. Finalmente, por la mañana lo llevé a la clínica de Davis. Lo auscultaron, lo recostaron en una camilla y se lo llevaron para una radiografía.

Esta vez, cuando tuvieron los resultados todo fue diferente. Yo estaba sentada a su lado, le sostenía la mano cuando un hombre joven, alto y delgado apareció y nos dijo tembloroso que había una “masa” en el pulmón izquierdo de Jorge. No se veía claramente qué era con exactitud.

– ¿Usted fuma? – le preguntó
– Dejé el cigarrillo hace seis años – respondió Jorge. Y esa es otra historia sobre cómo el 9 de septiembre del 2003, después de un ataque cerebral menor sin posteriores repercusiones excepto que finalmente decidió dejar de fumar.
– Pero he fumado durante 45 años antes de eso…- el médico asintió en silencio.
Lo subieron en una ambulancia, mientras su médico, que había llegado desde su casa con ropa de calle y parecía que estaba a punto de llorar, me dijo que no entendía cómo era posible, que en las radiografías de 3 meses atrás no aparecía nada.

Ese fue el comienzo de dos semanas de pesadilla entre exámenes y espera de los resultados. Finalmente, la respuesta fue aquello que más temíamos: cáncer de pulmón.

El oncólogo no nos dio muchas esperanzas. Era un cáncer de nivel 4 y el 10% de las personas en su condición no logran superar el año de vida. El doctor le explicó que le podía hacer una cantidad limitada de sesiones de radioterapia,

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en cuyo caso, probablemente, tendría unos meses más de vida, y que la quimioterapia también podría ayudar. Pero que su mal era incurable. Estaba desahuciado.
Durante las primeras semanas siguientes, en algún momento escribí estas palabras:

Caminábamos por la calle, tranquilos, felices, dueños de nosotros mismos, seguros de nuestra inmunidad especial contra todas las catástrofes de la vida. En un momento, el Camión de la Realidad, a 150 kilómetros por hora, nos atropelló de lleno a los dos y nos catapultó a otro tiempo y a otro espacio .

Y aquí estamos, todo se ve distinto. Tenemos el momento. Sólo el momento. Todo lo demás es una incógnita .

Y así seguimos, algunas veces animados, y otras veces no, viajando en el vaivén de las olas del pensamiento y de la emoción.
De vez en cuando, la tormenta se aquieta y todo está en calma, es como flotar en una soleada tranquilidad…hasta la siguiente tempestad, que se gesta desde el oeste, oscura y amenazante, que nos arrastra y vuelca nuestra pequeña embarcación…

Y a veces, puesto que el shock de la mortalidad trae aparejado el don de abrir puertas inesperadas, fui capaz de ver las cosas de un modo nuevo. y pude comenzar a aceptar en las cosas tanto su horror como su belleza:

Acosados por el miedo Estamos parados sobre Borde De la eternidad
Sin darnos cuenta

De las praderas infinitas

De las flores
Que se abren
En todas partes
A nuestro alrededor

De cualquier modo, el fantasma de la abrumadora realidad práctica siempre estaba presente: cómo asegurarse de que Jorge tenía todas las posibilidades de sobrevivir,
pese a la apesadumbrada sentencia del médico, y cómo asegurarse de que el dolor y el malestar sería el mínimo posible.

Entonces, le traje dos doctores en medicina alternativa diferentes, y ellos
lo llenaron de repugnantes brebajes preparados y píldoras enormes, todo,

espantosamente caro, y Jorge soportó todo eso alegremente, porque le dieron una esperanza diciendo que habían atendido a personas en circunstancias similares que habían sobrevivido.
También consultamos a médicos en Argentina, del movimiento del humanista, personas conocidas y dignas de nuestra confianza, que habían tratado

casos similares y que habían explorado los últimos tratamientos científicos. Los médicos estudiaron los resultados de Jorge, y nos demostraron apoyo y comprensión , aunque no tenían nada nuevo para ofrecer. Todo lo que dijeron fue: “Hagan lo que los doctores les indicaron” Por lo que Jorge resolvió obedecer.

Simultáneamente, los amigos y los parientes nos inundaron de buenos

deseos y consejos. Nos llegaron por e-mail toda clase de planes mágicos para curar el cáncer, desde la cura con puré de espárragos hasta una página Web alemana con

testimonios diciendo que todo estaría bien si se dejaba que la enfermedad siga su curso. Lo que mató al paciente fue el tratamiento, dijeron. Todos los tratamientos son malos, incluso administrar analgésicos suaves. Además de esto, sugirieron que “es el trauma psicológico, como la pérdida de un ser amado, lo que causa cáncer en el primer lugar. De modo que cualquier persona cercana a una víctima de cáncer puede llegar a producir un cáncer en uno o dos años.” Odié esa página Web.

Al principio Jorge estaba asustado, realmente pensó que no sobreviviría.

Poco después del diagnóstico, tuvo que comenzar a usar un tanque de oxígeno.
Andaba arrastrando su tanque a todas partes. Perdía peso, tosía y tenía mucho dolor. Fue en ese momento en que Jorge hizo su confesión, primero a mí y luego a sus cinco hijos, uno por uno.

Su pecado más terrible, nos dijo, avergonzado, era algo espantoso, algo por lo que se había sentido culpable durante años: le gustaba apostar. Incluso se rió de si mismo, sabía que realmente no era tan malo,

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sus sentimientos eran desproporcionados. Pero así era como lo sentía y su culpa le había hecho sufrir durante décadas.
Entonces, lo confesó todo. Nos dijo cómo en su juventud había perdido todo. Había ganado mucho dinero y lo gastó en un abrir y cerrar de ojos; cómo había perdido una cantidad considerable en la bolsa de valores en los años ’90, cosa que nunca había dicho, ni siquiera a mí; cómo había jugado siempre a la lotería. Por supuesto que para nosotros no era tan terrible. Nos encogimos de hombros y reímos porque nos parecía gracioso y porque nosotros lo amábamos tanto. ¡Le aseguramos que estaba bien, que no había ningún problema! Pero para él, su confesión representó un alivio enorme.
Después, los médicos le dieron tres semanas de radioterapia. Las sesiones hicieron que se sintiera mucho mejor. Cuando finalizaron los tratamientos, incluso pudo dejar de usar oxígeno. Dijo que se sentía “normal”. Y sumado a eso, el médico lo alentó:
– ¡Buenas noticias! Ha respondido muy bien a la terapia.
Y Jorge oyó
– ¡Buenas noticias, ha respondido muy bien al tratamiento y podemos mantenerlo en este nivel. ¡Usted no tiene que morir! – Jorge no cabía en sí de júbilo.
Desde ese momento en adelante decidió que iba a vivir, que iba a hacer lo que fuera necesario, lanzarse a todos los tratamientos posibles,

tomar hierbas repugnantes, e incluso hacer quimioterapia, esperando que no fuera tan malo como decían. Incluso bajó la guardia respecto de las cosas de las que antes siempre se había reído. Una de nuestras vecinas era curandera.

Al verla un día en el supermercado, le conté acerca de Jorge, y después de nuestro encuentro, ella lo visitó a menudo y pasaba un rato con él, le hacía imposición de manos y le hablaba, usando una técnica china para “sanar el alma”. Jorge recibía su ayuda con gratitud, y una vez incluso se conmovió hasta las lágrimas. En una ocasión ella le dijo que había consultado en los Registros akásicos, y que le aguardaba una cura milagrosa. Yo me reí de eso, pero muy en el fondo hice mi mejor esfuerzo por creer.

Principalmente Jorge se sumergió en la tarea de estar vivo con todo su corazón y su alma. Hacía poco tiempo habíamos comenzado un curso intensivo de preparación para estudiar una de las cuatro disciplinas de Silo y se dedicó al estudio con perseverancia. Estaba seguro de que, después de todo, su gran deseo de vivir le ayudaría a estaría bien, y que si no se curaba, simplemente viviría una larga vida con un estado crónico molesto.

En esa misma época, habíamos comenzado a colaborar con la organización de la Marcha Mundial por la Paz y la No-violencia. Jorge participó de todas las actividades, e incluso realizó una de las

presentaciones. Estaba seguro de que podría viajar a la Argentina a fin de año para unirse a los 15,000 marchantes por la paz para el cierre allá en la Cordillera de los Andes, en el Parque Punta de Vacas a 7,000 metros de altura, entre las rocas y el polvo y los rugientes vientos estivales.

Pero primero debía realizar su quimioterapia, lo cual, según los médicos, le alargaría el período de vida aún más. Los doctores argentinos estuvieron de acuerdo, definitivamente, Jorge debía someterse a la quimio. Había un solo punto en el que ellos diferían con los doctores de California y era que debía evitar a toda costa los esteroides, porque literalmente barrían con el sistema inmunológico. El oncólogo de California minimizó la opinión, dijo que dado que el tratamiento era temporal, como era el caso con ese tipo de quimioterapia, los esteroides no representaban problema alguno. Pero Jorge era obstinado. Creía en el consejo de los médicos argentinos y no consideraría ninguna otra postura, aunque eso significara que el tratamiento fuera más fuerte.

Renuente, el oncólogo le recetó la única quimioterapia sin esteroides y Jorge comenzó los temidos tratamientos.
Durante un tiempo que pareció eterno fue al hospital periódicamente a sentarse en una silla reclinable para recibir las inyecciones. Después del primer curso intensivo de quimioterapia, se suponía que pasaría a uno más suave, en el cual, según dijeron, esperaban que se mantenga

indefinidamente. Si, las enfermeras en el salón de quimio aseguraron que había muchos enfermos que hoy en día vivían con quimio como un tratamiento continuo y que convertía el cáncer en un simple desorden crónico.

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Eso era exactamente lo que Jorge quería escuchar, y como si fuera un juego, permitió que lo envenenaran.
Fue peor de lo que nadie pudiera haber imaginado. Fue brutal. Jorge se sentía desesperadamente enfermo después de cada tratamiento. Los remedios para apaciguar las náuseas no le hacían efecto, y cuantos más tratamientos recibía, se sentía cada vez peor y demoraba más tiempo en recuperarse. Yo apenas podía soportar el verlo tan mal, era aún más terrible que los dolores que le producía el cáncer, pero la esperanza de una cura o al menos de convertir algo terminal en crónico pero con expectativas de vivir lo impulsaba a seguir adelante. Finalmente, la etapa de quimioterapia “dura” terminó, y comenzaron las sesiones de “mantenimiento”. Aparentemente, había pacientes que incluso podían ir a trabajar después de sus sesiones, pero a Jorge esta quimioterapia le afectó tanto como la otra.
A esta altura, todos los que lo conocíamos, podíamos ver que Jorge empeoraba. Continuó debilitándose y adelgazando, pasando cada vez más tiempo en la cama, con ataques de tos terribles y con falta de aire.

Yo estaba segura de que era solo cuestión de tiempo antes de que volviera a necesitar su tubo de oxígeno. Pero Jorge siguió sin inmutarse, lo habían declarado “sostenible en el tiempo” y estaba determinado a lograrlo pese a esos escollos menores en el camino. Y así seguimos adelante, yo acompañándolo dividida entre la esperanza que de algún modo él tuviera razón y la certeza de que estaba equivocado.

Para esta época se acercaba el momento de viajar a Argentina. Teníamos nuestros pasajes y yo lo miraba con recelo preguntándome si este viaje sería realmente posible. Jorge no tenía duda alguna. ¡Él iba a viajar!
En octubre, observando que la salud de Jorge iba cuesta abajo, la enfermera de quimioterapia me explico que sería mejor detener los tratamientos a menos que quisiera llevarlo alzado hasta el avión.
De modo que Jorge suspendió el tratamiento con la intención de retomarlos a nuestro regreso. Lentamente, comenzó a sentirse un poco mejor.
Aún dormía durante muchas horas, pero poco a poco, a medida que la fecha del viaje se acercaba, parecía que finalmente podría lograrlo, a duras penas.
Fue para esa época, mientras aún estábamos en Davis, que me llevé el susto de mi vida. Estaba segura que lo había perdido y el terror irreal de la experiencia hizo aflorar lo peor de mi. Fue una de las pocas veces

que puedo recordar durante su enfermedad en la que Jorge se defendió y me dijo cuán difícil era todo esto para él.
Esto es lo que ocurrió. Jorge se sentía tan bien que decidió ir a una reunión de DRCS (NdT: del inglés Religious Community for Sanctuary Comunidad religiosa para el asilo o refugio] un grupo en el que había participado antes de su enfermedad. Este grupo de personas estaban trabajando para ayudar a los refugiados de Guatemala. La reunión era un martes por la noche, a las siete y media, así que quedamos en que yo lo llevaría, como tantas veces había hecho en el pasado, y que más tarde lo recogería. Mientras tanto, podría ir al supermercado, hacer algunas compras y preparar la cena para cuando regresara.

Lo dejé en el lugar de la reunión asegurándome de que Jorge recordaba mi número de celular, el cual repitió obedientemente antes de bajar del auto; esperé que entrara y pude observar por una gran ventana de la sala de reuniones que un joven lo saludaba, al parecer, había muchos jóvenes allí, pero no le dí demasiada importancia, me pareció que todo estaba bien y partí.
Una hora y media más tarde, a la hora en que habíamos acordado que lo recogería, regresé a buscarlo. No estaba en ninguna parte. Estacioné y entré en el lugar. Tampoco estaba adentro, solo los jóvenes que había visto antes y ni una señal de la gente mayor que solía acudir a esas reuniones.

Con un temor repentino, les pregunté si lo recordaban y me respondieron:
– ¡Ah, si! El tipo mayor, se fue apenas llegó. La reunión a la que venía no era aquí. Dijo algo de ir caminando hasta el supermercado.

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Eso de ir al supermercado fue porque yo había comentado que podría pasar a hacer algunas compras para la cena. Regresé corriendo al auto. Tenía que encontrarlo, estaba oscuro, lluvioso, y seguramente hacía una hora y media que él andaba por la calle. ¿Por qué no me había llamado? ¡Si al menos se hubiera quedado en la sala de espera del edificio donde había calefacción!
En un ataque de pánico, mi corazón latiendo desbocado, llamé a Will quien organizaba las reuniones…nadie respondió. Entonces, sin saber qué más podía hacer y con la sensación de haber entrado en la Dimensión Desconocida, manejé en dirección al supermercado, esforzándome por andar con cuidado, observando la oscuridad por si lo veía…podía estar en cualquier parte…
Con pavor, pensé que tal vez la quimioterapia había afectado su cerebro. No era imposible imaginarlo desorientado, siempre había tenido la tendencia a perderse y ahora, con el efecto de la quimio podría estar vagabundeando por las calles laterales de Davis sin tener la menor idea de dónde se encontraba.

Llegué al supermercado sintiéndome ridícula, ¿cómo podría estar aún allí después de casi dos horas?. Entré y le pregunté a una de las empleadas. Ella llamó al gerente y éste respondió que nadie había informado nada acerca de un hombre mayor perdido que parecía enfermo.

Temblando ante el horror absurdo de la situación, tratando en vano de ordenar mis pensamientos, regresé al auto y llamé a, Aliou, un estudiante de Senegal, amigo nuestro que estaba viviendo con nosotros desde hacía dos años y que se preocupaba mucho por Jorge. En mi interior, agradecí escuchar su voz amable y le conté la descabellada historia y le pregunté qué debía hacer. Me aconsejó que continuara telefoneando a los otros miembros del grupo y si nadie sabía nada de Jorge, que llamara a la policía.

Me pareció razonable, así que llamé a Marilú. Gracias a Dios, ella contestó y por lo menos pudo darme una suerte de explicación. La reunión se había trasladado a otro local, durante los últimos meses se habían estado reuniendo en la International House. Lamentablemente, ella no había asistido esa noche y me deseaba que todo estuviera bien.

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Desafortunadamente, esa información no me ayudaría a encontrar a Jorge pues no había modo en que él supiera que el punto de reunión había sido trasladado a la International House.

Agradecí a Marilú y llorando de desesperación me estaba preparando para seguir dando vueltas con el auto buscándolo y luego llamar a la policía cuando sonó mi teléfono. Era Aliou.
– ¡Jorge acaba de llegar a casa! – me dijo

¡Aleluya! Podría haber mojado mis pantalones del alivio que sentí. Y también estaba furiosa. ¿Qué diablos había hecho Jorge? ¿Cómo pudo recorrer a pie el camino hasta casa en lugar de llamarme? Estaba indignada. ¿Cómo se atrevió a asustarme así?

Cuando llegara a casa le daría su merecido. Él estaba sentado a la mesa, tomando desganadamente una taza de té. Cuando lo vi, le grité: – ¿Pero qué demonios te ocurrió?
Y tirando las llaves al otro extremo de la habitación continué reprendiéndolo, preguntándole por qué no me había llamado, ¡en qué diablos estaba pensando! ¡Le dije que nunca más lo iba a perder de vista nuevamente!
Y él me escuchaba en silencio. Entonces, me contó que como había olvidado el número, se fue caminando hasta el supermercado, doce cuadras, y que había sido muy difícil, que temía que fuera a llover y se le ocurrió que podía hacer dedo, tal vez alguien tendría misericordia y lo llevaría. Finalmente, llegó al supermercado y después de buscarme en vano, le pidió a uno de los empleados si podía llamar un taxi. Al parecer el empleado estaba muy ocupado y lo derivó a otro, que tampoco lo ayudó, esos jóvenes progresistas proveedores de artículos

orgánicos carísimos dejaron que volviera a salir a la noche fría sin importarles nada.
De modo que caminó tres cuadras más, en dirección al centro de la ciudad y por último llegó a un local donde vendían tacos. El dueño lo vio y supo que algo no andaba bien. El buen hombre le ofreció un vaso de agua y lo ayudó a sentarse, luego llamó a un taxi. Y así fue como llegó a casa.

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Sentí que el escarmiento había sido completamente mío. Me disculpé por mi horrible conducta, lo abracé y le dije que había estado terriblemente asustada, y él me comprendió. Pero toda esta ridícula experiencia me enrostró la realidad de las cosas: yo no estaba preparada en lo absoluto para perderlo.
Viajamos a Argentina a principios de diciembre. Pensábamos pasar dos meses en el país y regresar a Davis la primera semana de febrero pues Jorge deseaba ver a su familia y también a muchos de sus queridos amigos de su infancia y juventud, al igual que a todos nuestros antiguos amigos siloistas. Planeamos varios viajes en ómnibus a algunos lugares del país para visitar a esos amigos. Y por supuesto, nos íbamos a sumar a la Marcha Mundial por la paz y la no violencia el 2 de enero al pie del Monte Aconcagua.
El primer destino al que llegamos fue Buenos Aires donde nos hospedamos en la casa de Roberto, un querido amigo de Jorge de la

prisión en los años ’70. La idea era descansar del viaje en su casa y luego viajar en omnibus a Córdoba desde donde partiríamos a Paraná y luego a Mendoza.
La casa de Roberto era amplia, de tres pisos, con un quincho en la terraza, donde a menudo se hacían grandes reuniones de amigos. Roberto le cedió a Jorge su cama y él durmió en la habitación de su hijo mayor. Yo me quedé en la habitación de huéspedes que quedaba arriba, al lado del quincho. Nunca he dormido mucho, pero mi insomnio se había empeorado por el estrés de la enfermedad de Jorge y por sus ataques de tos decidí que sería mejor dormir en otra habitación. Pero incluso desde allá arriba podía escuchar sus ataques de tos y sus esfuerzos para respirar.
Después de unos días en la casa de Roberto, nos dimos cuenta de que debíamos simplificar los planes. En lugar de sentirse más descansado y con más energías, Jorge parecía estar cada vez más débil. Pasaba mucho tiempo en la cama, y le costaba horrores caminar unas pocas cuadras. Una vez, fuimos de compras. El paseo no fue más de diez cuadras, y al regreso, temía que Jorge se desmayara en la calle.

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El médico argentino que lo había estado tratando vino a verlo y le recomendó nebulizaciones. La pareja de Roberto nos prestó un nebulizador y obedientemente Jorge comenzó a inhalar vapor a través

de una mascarilla. Otra amiga, una enfermera profesional, nos dijo que no era una buena idea, pero después de todo, ella solo era una enfermera. Y a pesar de que no parecían hacerle nada, al contrario, lo extenuaban, Jorge continuó con sus inhalaciones.

Con el paso de los días, los problemas para respirar aumentaban junto con la tos y los ahogos. Y que iban histriónicamente enfatizados con exclamaciones cada vez más frecuentes de ¡Ay-ay-ay! ¡Ay-ay-ay!
Este fue el comienzo de un patrón que perduraría durante todo el viaje: su pérdida gradual de energía, el incremento de las molestias y la falta de aire, los descansos y el sueño cada vez más frecuentes y prolongados y las excursiones en taxi a la consulta de varios médicos, siempre con la esperanza de hallar nuevas posibilidades, algo que lo aliviara.

Y durante todo este tiempo, Jorge sonreía diciendo que no era tan terrible después de todo, reía y bromeaba recibiendo feliz la calidez de sus amigos y planeaba vivir hasta los 100 años.
Luego de una semana de estar en casa de Roberto, tomamos el ómnibus rumbo a Paraná. La travesía era solo de 6 horas de viaje, no era tan malo. Cuando llegamos, nos alojamos con su hermana, la formidable María del Huerto. Ella también le cedió su cama y durmió en un sillón en el comedor. Yo dormí en el dormitorio de huéspedes. Allá las cosas siguieron empeorando. Jorge casi no abandonaba la cama y le asaltaban los ataques de tos cada vez con mayor frecuencia.

Alarmada, María del Huerto realizó consultas con varios médicos que eran amigos de la familia. Yo compré otro nebulizador, pues habíamos dejado el anterior en Buenos Aires.
Uno de los nuevos médicos era un neumólogo, que le dio algunos nuevos tratamientos como cosas para hacer inhalaciones y algunas píldoras, que realmente parecían ayudarlo.

De repente, Jorge podía caminar más tiempo y tenía más energía. Estaba sumamente feliz. El neumólogo también le recomendó hacer un nuevo estudio PET (Positron Emission Tomography) así que nos dedicamos a ello.
Era realmente una hazaña porque todos los trabajadores del hospital público, el único lugar donde podía hacerse la tomografía, estaban en huelga. De todas formas fuimos y anduvimos a tientas, Jorge con su paso inseguro, por los desgastados laberintos médicos preguntando dónde quedaba el lugar del estudio. El lugar era la sombra apolillada de su juventud en los tiempos de Perón, una época en que se construían hospitales nuevos excelentes a diestra y siniestra, pero al menos todavía era gratuito, al igual que toda la salud pública en Argentina.
Finalmente encontramos al departamento de radiología. Ciertamente, ellos también estaban de paro, pero Jorge convenció a esas amables personas para que le hicieran la tomografía de todas formas. Él sabía cómo ser encantador.

Milagrosamente, cuando el neumólogo examinó el estudio PET, dijo que había visto pulmones peores y le aseguró a Jorge que podía viajar a las montañas. Solo le recomendó llevar un equipo de oxígeno, en caso de que lo necesitara por la altura.
Más milagrosamente aún, el médico le confirmó su más grande esperanza: si podría vivir con esta enfermedad.
– No – le dijo – no es curable, pero sí hay formas de manejar la enfermedad de modo que no deba morir debido a ella.
También le indicó que dejara de usar ese maldito nebulizador pues solo empeoraba las cosas.
¡Estábamos eufóricos! Incluso yo misma comencé a vislumbrar una luz de esperanza. Hallamos un equipo de oxígeno para alquilar, que fue entregado en casa de María del Huerto por un joven que nos mostró cómo usarlo.
Desgraciadamente, la mejoría de Jorge duró tan poco. A pesar de que siguió tomando las medicinas que le había recetado el neumólogo, [Página 51 /43]
al poco tiempo comenzó a declinar una vez más, a tener esos ataques de tos que no se podían detener con nada y que lo dejaban sin aliento. -¿Por qué no probamos con el oxígeno? – sugerí al ver que él hacía esfuerzos por respirar.

Jorge lo probó, y a partir de ese momento nunca dejó de usarlo. Y todo esto ocurría mientras aún estábamos en Paraná, a menos de mil pies sobre el nivel del mar.
Durante este tiempo, tuve una experiencia interesante, algo que me ayudaría enormemente cuando tuve que enfrentar el hecho de estar sola. Una noche, soñé que estaba en la terraza de un rascacielos en una ciudad grande. Era de noche y tenía en mis brazos a una hermosa niñita pequeña, rubia, de unos dos años de edad. Era como una flor, fresca, una pequeña vida nueva. Entonces, sentí un rugido y el edificio comenzó a tambalearse. Lentamente, se fue inclinando hacia un lado, y nosotras empezamos a caer. Caímos y caímos a través de una oscuridad total, y todo lo que recuerdo es que tenía que proteger a la niña. La sentía entre mis brazos con la mano cubriendo su cabecita. Por fin, aterrizamos suavemente en una pradera. Allí había un jefe que nos ordenó ir a trabajar, aunque no habían trabajos. Así que nos fuimos. Y ese fue el final del sueño.

Al día siguiente, regresábamos en taxi con Jorge después de una visita al médico. Yo reflexionaba taciturna preguntándome qué sería de mí. Quién me cuidaría cuando llegara mi hora ya que seguramente Jorge no estaría. Y entonces recordé mi sueño, y se me ocurrió que la niña que estaba protegiendo era yo misma. Ella era mi nueva vida, y yo debía cuidarla. Esta caída en cuenta me dio una enorme alegría.

Nuestra estadía en Paraná estaba llegando al fin. A pesar de la condición de salud de Jorge, viajábamos a Mendoza y luego a las montañas para reunirnos con la Marcha, aunque tal vez sólo sea hasta Uspallata y no hasta llegar a Punta de Vacas.

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Con María del Huerto compartíamos nuestras dudas acerca del estado de Jorge entre susurros. ¿Cómo podía pensar que estaba mejorando? Estaba muy delgado, su rostro gris, sus movimientos inseguros, dormía la mayor parte día y lo atacaba esa tos interminable, pero aún así seguía sonriente y dulce, entre estentóreas exclamaciones de “¡AY- ay-ay!” y sin embargo totalmente decidido a viajar.
Tomamos el ómnibus a Mendoza en la tarde. La travesía duraba toda la noche, unas quince horas en total. Pero los ómnibus argentinos son muy cómodos, de dos niveles y con asientos muy confortables realmente reclinables. Los asientos que se convertían en cama estaban agotados, pero finalmente fue una ventaja, porque Jorge podía respirar más fácilmente si estaba reclinado y no acostado. Y así, cargando las valijas y la máquina con oxígeno nos trepamos a nuestros

asientos en la primera fila, en el nivel superior y comenzamos nuestro viaje.
En esta época se había declarado la terrible epidemia fiebre porcina . Durante todo el viaje, siempre que estábamos en un transporte público ya fuera en avión, ómnibus o taxi, Jorge tomaba la precaución de hacer saber a las personas lo que le sucedía para que no temieran que fuera algo contagioso. En el asiento que estaba al lado del nuestro del otro lado del corredor viajaban una mujer joven y su bebé. Entonces, mientras el ómnibus se iba alejando de la ciudad, Jorge se inclinó y le dijo en un tono confidencial

– No te preocupes, solo tengo cáncer de pulmón. No es contagioso.
Ella le sonrió dulcemente y le agradeció.
Llegamos a Mendoza por la mañana, ninguno de los dos pudo dormir durante el viaje. Era un día cálido y soleado. Buscamos un taxi que nos llevara al hotel que yo había reservado, listos para un sueño reparador en camas verdaderas. Este hotel era un lugar especial, justo a la vuelta de la casa de una pareja de buenos amigos nuestros del movimiento humanista, Marta y Esteban. Marta siempre recomendaba este lugar a los visitantes humanistas.

Cuando llegamos al hotel, Jorge sonriente y arrastrando su tanque de oxígeno, la mujer en la recepción nos miró preocupada. Nos ofreció una habitación en la planta baja que daba al hall. Era un lugar muy

agradable, limpio y con cerámicos, y un jardín que daba justo a la entrada de nuestra suite. Jorge se instaló en el dormitorio
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y yo me derrumbé en una camita que había en el pequeño comedor. Habíamos planeado quedarnos en la ciudad el tiempo suficiente para adaptarnos a la diferencia de altura sobre el nivel del mar, aunque era solo la mitad de la que estaríamos en la cordillera. Después de un buen descanso, fuimos a reunirnos con amigos y a disfrutar de la hermosa ciudad que era como un oasis en el desierto. Moviéndose con dificultad, haciendo esfuerzos para respirar, tosiendo, y casi constantemente emitiendo sus AY-ay-ay, Jorge continuó estoicamente sonriente y con paciencia, como si todo estuviera perfectamente bien. Fuimos a visitar a Tania, una antigua amiga que estaba sumamente atareada e involucrada con la organización de la marcha desde su pequeño departamento y que había perdido su marido un año atrás. También nos encontramos con amigos de los Estados Unidos, Ken y Janet y otros dos amigos más que habían llegado para el cierre de la Marcha, en un restaurante de tenedor libre , o sea, allí uno se sirve todo lo que pueda comer incluyendo el asado argentino y otros platillos típicos. El propietario y administrador era un chino. Hallamos unas mezclas bastante extrañas allí.

Pero los panqueques con dulce de leche eran auténticos y deliciosos. Jorge, que no era capaz de comer más que un poco de carne y pan, se

comió una porción completa de panqueques, increíblemente ricos, dulces y abundantes, un manjar de los dioses.
Al salir del restaurante, Jorge caminando vacilante a mi lado y arrastrando el tubo de oxígeno, anduvimos una cuadra hasta hallar un taxi finalmente y pudimos regresar al hotel a descansar.

A todo esto, a pesar de que la salud de Jorge claramente no estaba mejorando, intenté mantener en secreto mis dudas. Lamento decir que no siempre fui la mejor de las enfermeras. Pero sus Ay-ay-ay me sacaban de quicio. Dondequiera que estuviéramos, sus labios emitían el Ay-ay-ay con sufrimiento. Solo una semana atrás, en una hora se quejaba algunas veces, ahora, parecía ser una constante.
Cuando esto ocurría, por lo general yo intentaba ser comprensiva y le preguntaba qué le dolía. A veces, me respondía,
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– No puedo respirar – y otras – Tengo un poco de dolor- y yo podía apoyarlo y ayudarlo adecuadamente.
Pero, muchas veces, el respondía
– No pasa nada, era un gas!- o sino- Eructé!- Y entonces yo quedaba atónita por la frustración, con rabia por su tozuda indulgencia en esta situación dramática. Cómo podía ayudarlo si no me decía lo que le sucedía, yo rogaba encarecidamente que solo dijera Ay-ay-ay si realmente sentía dolor. Pero eso, en realidad, era una mera racionalización de mi parte. De algún modo, sabía que estaba siendo

injusta y poco compasiva. La verdad es que estaba furiosa conmigo misma por mi terror inconsolable. Sabía que pronto lo perdería.
En todo caso, mis ruegos para detener sus AY-ay-ay tenían tanto efecto sobre Jorge como los pétalos de una flor cayendo sobre aguas quietas. Sonriendo inocentemente, me cambiaba de tema. Finalmente, entré en un grupo de ayuda por Internet donde esperaba hallar el consuelo de otros en mi misma situación…
Habían pasado dos días desde nuestra llegada al hotel, agotada por la pena debido a la difícil situación y la frustración que sentía ante sus incesantes AY-ay-ay decidí salir a dar un paseo, solo una vuelta a la manzana. Seguramente estaría bien si lo dejaba solo por un ratito. Necesitaba escapar un momento. Así que salí y respiré el aire cálido mientras caminaba de prisa algunas cuadras.
Cuando regresé, encontré a Jorge temblando, acurrucado bajo las mantas. Le pregunté qué le ocurría. Respondió que había sufrido un terrible ataque de tos y que luego había tenido escalofríos. Supe que no era una buena señal. Me fui al jardín, en un lugar sombreado, me puse en cuclillas y llamé a Tania. Ella sabría qué hacer.
-Llamá un taxi y llevalo al hospital Central inmediatamente- me urgió. Rápidamente le solicité a la recepcionista que llamara un taxi. Saqué a Jorge de la cama y le puse una chaqueta de cuero, aunque hacía calor. [Página 47]

Finalmente, llegó el taxi y el conductor con mucho recelo recorrió la distancia interminable hasta el hospital sin dejar de quejarse todo el viaje
– ¡El hotel debió haber llamado a una ambulancia! ¡Esto me puede traer problemas muy graves!

Cuando Jorge entró tambaleante en la sala de urgencias, apoyándose en mi brazo, les bastó una mirada y se lo llevaron de inmediato a uno de los consultorios antes que a nadie. Lo sentaron en una camilla y no dejaron que se recostara pero le dieron más oxígeno y le dijeron que no hablara. Ni siquiera para decir AY-ay-ay. Los médicos se comportaron de un modo tan tranquilizador, tan amables y cuidadosos. Le dijeron que no se preocupara, que ellos iban a atenderlo.

Le hicieron los exámenes necesarios y cuando llegaron los resultados le explicaron que tenía neumonía y que con certeza no podría volver “a casa”. En una camilla, aún sentado derecho de modo que tenía que aferrarse a los costados para no caerse cuando doblaban en los pasillos, lo llevaron a un ascensor y subieron al último piso. Allí lo dejaron en la guardia con otros dos pacientes demasiado enfermos como para irse a casa.
Ubicaron a Jorge al lado de la ventana, en una cama que tenía solo una sábana y una almohada de goma-espuma, el hospital era muy pobre y la mayoría de los pacientes debían traer todo, sábanas, mantas,

almohadas, personas de la familia para que los cuide. Tuve que pedirles a las pocas enfermeras que encontré hasta que una me dio una funda para la almohada. Después me senté en una silla de metal muy dura junto a su cama, y Jorge, aún sentado casi derecho apoyado en la parte superior de la cama. Nos miramos y me dijo:
– Me imagino que ya no vamos a Uspallata.
– No. Pero está bien, al menos estamos en Mendoza. Bastante cerca de Uspallata. Y me alegro que estamos aquí donde saben cómo cuidarte. Y en realidad lo estaba.

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Estuvimos en esa sala el hospital toda la tarde y la noche, y poco a poco su respiración se tornó más estable y pudo conversar con su compañero de habitación.
Como siempre, Jorge seguía siendo amigable y curioso, y supo que el joven de la cama del centro sufría de cáncer y que la mujer sentada en la silla junto a él era su hermana. Ambos eran muy amables, personas muy tristes. La mujer me contó más tarde que, unos meses atrás, su hermano había perdido la voluntad de seguir viviendo pero que ahora estaba un poco mejor y que pronto se irían a casa.
Los médicos y las enfermeras eran muy atentos a pesar de estar presionados por la falta de personal. Me pedían que hiciera trámites que generalmente hacen las enfermeras auxiliares, como llevar una

muestra de sangre al laboratorio y luego ir a retirar los resultados. Era obvio que todos se preocupaban por la salud de Jorge aunque él mismo le comentó despreocupadamente a su compañero de habitación que su condición era crónica si bien era cáncer de pulmón.

El primer día, durante la tarde mientras Jorge dormitaba, la doctora de turno, una mujer joven – pues el Hospital Central es un hospital escuela- me pidió que la acompañara al corredor. Allí me dijo que el caso de Jorge era grave, que tal vez podría superarlo pero que también había muchas probabilidades de que no lo lograría.

Yo estaba en estado de shock. Y a pesar de que había visto su deterioro con una aceptación desesperada, de algún modo no creí que el final llegaría tan pronto. Le había prometido a nuestros cinco hijos que volveríamos a los Estados Unidos si algo sucedía, para que todos pudieran despedirse. Ahora, al escuchar que podría morir aquí, le dije entre sollozos:
– ¡Pero Jorge tiene que estar con sus hijos!
No podía creerlo. Pero así era.
– Esperemos a ver que sucede – me dijo poniendo su mano en mi hombro – es demasiado pronto para decirlo.
Estaba de acuerdo. Regresé y me senté al lado de la cama.
Fue en ese momento en que me caí en la cuenta de que debía llamar a la familia, especialmente a nuestros hijos que estaban en los Estados

Unidos. El único problema era que no teníamos saldo en nuestro teléfono celular.

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Todo el viaje había sido un desastre tanto en lo económico como en lo práctico. Habíamos olvidado la clave de la tarjeta de débito, las tarjetas de crédito no servían en Argentina, tuvimos que pedir dinero prestado a Ivana en Nueva York que llegó por transferencia vía Western Union a Paraná donde era día hábil. Pacientemente, Jorge caminó con paso débil e inseguro, un banco tras otro, buscando el que nos podía entregar tamaña cantidad de efectivo. Finalmente, conseguimos que se nos pagara el giro y lo depositamos en una de las cuentas de María del Huerto quien nos dio su tarjeta de débito. Pero ahora, yo había olvidado comprar más tarjetas telefónicas y no había un teléfono público en el hospital.
El hombre de la cama de al lado, que había estado escuchando nuestros lamentos por el dilema que enfrentábamos nos interrumpió diciendo:
– Oigan, tengo un amigo, un compañero de la empresa de taxis donde trabajo que puede traerles algunas tarjetas de teléfono. ¿Cuántos minutos necesitan?
Con un gran alivio, le agradecimos y él llamó a su amigo. Una hora después, llegó con las tarjetas y pudimos llamar a nuestros hijos.

Primero nos comunicamos con Juan, en Portland. Le conté lo que estaba sucediendo.
– Tenía la sensación de que iba a tener noticias de ustedes más o menos para esta época…

Luego, le pedí que llamara a sus tres hermanas y su hermano en caso de que yo no pudiera comunicarme con ellos y le tendí el teléfono a Jorge quien despreocupadamente le comentó a Juan que esto era un pequeño inconveniente y que pronto estaría perfectamente bien, hasta que entró la doctora y le hizo cortar la llamada,

– ¡Usted no debería estar hablando! – lo reprendió alarmada.
Me quedé acompañándolo toda la noche. Ninguno de los dos durmió. Yo me senté en la sillita de metal blanca y él estaba sentado en la cama. No hablamos mucho, pero por momentos nos tomábamos de las manos o yo apoyaba mi mano en su pierna mientras él dormitaba. En un momento, comentó que le parecía extraño el no notarse soñoliento. Y me rogó que al menos apoyara la cabeza en la almohada de su cama [page 50/58]

para dormir un poco. Lo intenté, pero, por supuesto, me fue imposible. Al día siguiente, Jorge continuaba tosiendo, con dificultades para respirar y muy débil. Los doctores continuaron aplicándole diferentes inyecciones para combatir la bacteria y facilitar la respiración. Esa tarde, temprano, la doctora de turno, otra mujer joven, me llamó al corredor.

Fue una repetición del día anterior. Me dijo, sentida y honestamente, que la situación era sumamente grave. Que tal vez se recuperaría pero que posiblemente no. Explicó que si hubiera sido más joven y gozara de buena salud, la neumonía no habría representado ningún problema, pero que Jorge estaba muy delicado. Era una pésima combinación, neumonía junto con el cáncer de pulmón, la fibrilación atrial, es decir que los latidos de su corazón eran descontrolados en cuanto a ritmo, y su estado general de debilidad. Tal vez podría recuperarse o podría morir en cualquier momento.

Entonces, supe que debía decírselo. Jorge merecía la oportunidad de prepararse. Le dije a la doctora lo que pensaba, pero le pedía que estuviera allí para apoyarme desde el punto de vista médico pues sabía que Jorge no me iba a creer.

Entré en la habitación, me senté en la cama a su lado, tomé su mano entre las mías y mirándolo a los ojos le conté lo que me había dicho la doctora.
Su reacción fue exactamente tal como yo pensaba:

-¿Quién te dijo eso?
– La doctora – le respondí. Y entonces, ella se acercó y le explicó, siempre amablemente y compasiva, todos los detalles de su situación. Jorge la miró fijamente.
– Quiere decir que podría morir? – le preguntó como si jamás hubiera pensado que tal cosa podía suceder.

-Si – le respondió suavemente – Podría pasar. Tal vez usted podría mejorar, pero también puede que no.

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Y frente a eso, algo cambió en Jorge, como si lo hubiera cubierto una oleada de paz., dijo:
– Entonces, está bien. Si es así, tendré que aceptarlo.
Le pregunté si quería escuchar la Ceremonia de Asistencia, las hermosas palabras de Silo para asistir a las personas que están por morir en su tránsito a su nuevo destino. Antes de la radioterapia, habíamos leído esta ceremonia a diario, pero cuando supimos que iba a estar bien, ya no la leímos más.
El me miró asintiendo y dijo:
-Si!-
Entonces, mientras yo leía, pude sentir cómo crecía la paz en él y lo llenaba, derramándose en todo su ser como una suave y alegre luminosidad.
En ese momento llegó Paul, un buen amigo de California con quien habíamos planeado viajar a las montañas en el automóvil de alquiler. Yo lo había llamado para decirle que no podríamos acompañarlo por lo que Paul cambió sus planes y decidió venir al hospital para estar con nosotros. Fue hermoso verlo.

Así que nos sentamos los tres y conversamos, acerca de la vida y nuestras experiencias durante todos esos años en que estudiamos con Silo, sobre los tiempos increíbles que estábamos viviendo, sobre la marcha que estaba a punto de culminar celebrando la paz y la no violencia, allá en las montañas donde Silo dio su primera charla pública hace cuarenta años.
En ese instante, me di cuenta que ya que Paul estaba allí, probablemente yo podría regresar al hotel y descansar unas horas ya que pasaría una noche más en el hospital con Jorge, pero, por otra parte, si yo me iba y él fallecía mientras yo no estaba…no sabía qué hacer. Fui a buscar a la doctora. Le pregunté si debía irme a descansar o si era posible que Jorge muriera en cualquier momento y yo debía quedarme.
– No sé qué decirle – me respondió amable – puede morir en cualquier momento, o puede durar días, e incluso recuperarse, no hay modo de saberlo.

[page 52/ 59]
No tenía más opción que recurrir a mi propia sabiduría. Cerré los ojos e intenté concentrarme para sentir, profundamente, cuál era la realidad de la situación. ¿Debería quedarme o debería irme al hotel a descansar y luego volver?

De inmediato, tuve la claridad de que Jorge estaba bien. Estaba listo, total y completamente listo. No habría ninguna diferencia para él si yo estaba o no a su lado cuando se fuera.
Entonces, con una gran sensación de alivio y sin dudarlo ni por un segundo, regresé a la habitación y le dije:

– Jorge, sé que estás bien. Sé que sin importar lo que ocurra, estás listo y no importa si estoy o no a tu lado cuando llegue el momento de partir. Entonces, me voy a ir al hotel a descansar y luego regresaré.
Me sonrió tiernamente, estaba de acuerdo sin la menor vacilación, era una buena decisión. Él sabía que estaba bien y que yo debía ir.

Nos abrazamos y nos besamos. Jorge ya demostraba una cierta dignidad de desapego, como si la puerta a su siguiente destino ya estuviera abierta y otra luz lo iluminara. Le dije que regresaría pronto y me fui, aún segura de que Jorge estaría bien aunque yo no estuviera allí.
Pienso que en ese momento nos dimos cuenta de que no éramos una y la misma persona y soltamos al otro, lo dejamos ir.
Bajé las amplias escaleras de mármol con una sensación extraña de cansancio e indiferencia, y cuando atravesé las puertas del hospital hacia las calles soleadas de Mendoza, donde soplaba suavemente el viento, una voz surgió en mí, “Estoy viva!¡Soy libre!”
Tomé un taxi, y desconsolada por la agonía de mi esposo le dí la dirección del hotel al chofer. Cuando llegué, descansé un rato y una

hora después me llamaron para avisarme que la situación de Jorge se había agravado.

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Tomé otro taxi que me llevó de regreso al hospital y casi sin aliento subí las escaleras. Lo hallé en la cama, conversando con Paul como si nada hubiera ocurrido.
Lo besé y lo abracé. Estuvimos los tres sentados por un momento y en un punto Jorge nos dijo
-Creo que ahora estoy listo. –
Poco después, vino la doctora y le dijo que le gustaría darle una dosis de morfina pues era muy incómodo el no poder respirar bien. Jorge se lo agradeció y entonces, mientras la morfina hacía efecto, sus ojos se ponían en blanco y balbuceaba palabras que no podíamos entender. Los doctores dijeron que era la droga, siempre produce el mismo efecto.
En ese momento, Paul sugirió que llamáramos a los amigos que aún estuvieran en la ciudad para que nos reemplacen y así poder ir a dormir un rato. Salí al corredor a llamar por teléfono. Justo había logrado comunicarme con Yenny, que me dijo que avisaría a los demás cuando Paul salió de la habitación.
-Creo que está pasando algo. Me hicieron salir –

Entré en la habitación, seis médicos de pie rodeaban la cama confundidos y silenciosos. En el aire se percibía el silencio de la muerte. Busqué con la mirada a aquél que había sido mi amado Jorge, su cuerpo, y supe en mi corazón que había partido.
– Necesito estar con él – les dije y me abrí paso hasta la cama. Sin decir una palabra, obedientemente todos salieron.
Su cuerpo estaba vacío. Gris y vacío, rígido. Acaricié su rostro, su cabeza, los ojos entrecerrados, sus amados cabellos finos, la barba crecida en sus mejillas. Temblando, abrí el pequeño libro blanco El Mensaje de Silo y encontré la página de la Asistencia. Con un nudo en la garganta, le leí las palabras, sollozando y leyendo al mismo tiempo, y sosteniendo su mano rígida. Lentamente, con este amor enorme, le leí, transmitiéndole toda la luz de mi alma y mi corazón.
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Ven, prepárate a entrar en la más hermosa Luz…
Entonces, me di cuenta de que Paul estaba al pie de la cama y que otras personas habían llegado. A excepción de Luis, el marido de Yenny, no conocía a la mayoría de ellos. A pesar de haberse conocido el año anterior, Luis y Jorge eran buenos amigos. Pronto conocería al resto: Marisel, la hija de Luis y Yenny, Gabriela, la novia de Paul, Ricardo de Buenos Aires y Quique quien se encargó de coordinar todo y que me puso bajo su cuidado una vez que todo terminó en el hospital.

Luis se dirigió a la cabecera de la cama e inclinándose sobre Jorge, muy cerca de su oído para asegurarse de que lo escuchara, le leyó nuevamente la ceremonia de asistencia. Luego, yo tomé su lugar y la leí una vez más. Cuando terminé, Paul sugirió que la leyéramos de nuevo, y así lo hice. Cada vez se hacía más fácil, y finalmente pude leerla completa sin llorar.

Mi teléfono sonó. Era Karen, una de las amigas más cercanas de Silo. Karen es norteamericana y fue la primera maestra de una de las cuatro disciplinas. Llamaba para preguntar por la salud de Jorge pues se había enterado que estaba internado.

– Oh! Por Dios, Jorge acaba de partir – le dije.
Karen respondió
– Entonces, quédate simplemente a su lado y envíale una buena dirección. Te dejo así puedes regresar con él.
Volví a la cabecera de la cama y me quedé allí con Jorge, tocando su cuerpo y haciendo lo posible para enviarle una buena “dirección”, lo imaginé ascendiendo feliz, olvidando todas las preocupaciones, libre y dichoso, totalmente abierto, lleno de amor, entrando en la más hermosa luz…

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Después de un rato, dos enfermeros entraron y nos dijeron que abandonáramos la habitación, tenían que ocuparse del cuerpo y no podía haber nadie.
– Lo lamento – les dije – pero yo me quedo. Tengo que estar presente. Es una cuestión religiosa.
Por supuesto que no era nada religioso, pero pensé que era una explicación que entenderían. Aparentemente, lo fue, pero a regañadientes, dejaron que me quedara mientras que manipulaban el cuerpo en la cama, estirándolo antes de que la rigidez fuera total. Anotaron algunas cosas e hicieron otras tareas de rutina. Cuando finalmente terminaron y me dejaron con el cuerpo, Paul y los demás regresaron.
Nos quedamos de pie, alrededor del cuerpo, enviando a Jorge nuestros mejores deseos, extrañándole, hasta que un nuevo equipo de enfermeras entró y sacó de la habitación a todos mis amigos, otra vez. Una vez más insistí en quedarme. Esta vez los enfermeros fueron inflexibles, tenían que lavar el cuerpo, y no querían que me descompusiera o me desmayara al ver el cuerpo desnudo de mi marido.
Me reí y les dije que me quedaba allí, quisieran o no. Finalmente, se dieron por vencidos. Me quedé a los pies de la cama mientras lavaban

y preparaban el cuerpo. Durante todo ese tiempo, imaginé a Jorge yendo hacia la luz, llegando dichoso, totalmente abierto y libre. Cuando terminaron, me quedé en la habitación y los amigos regresaron.

Nos quedamos de pie, alrededor de la cama, enviando a Jorge nuestros mejores deseos, hasta que finalmente un enfermera regresó y nos dijo que era tiempo de llevar el cuerpo a la morgue. Asentí, ya era tiempo. Reuní mis cosas y salí con todos al hall. Los camilleros se llevaron el cuerpo de Jorge.

Ya en el hall, nuestros amigos me dijeron que no me preocupara que ellos se harían cargo de todo lo relacionado con

todas las formalidades, que en Argentina son siempre muchísimas. Se quedaron acompañándome durante horas que me parecieron eternas mientras el médico preparaba el certificado de defunción. Quique me dijo que el padre de Graciela era abogado y que conocía a un forense que abriría su oficina especialmente para nosotros, aunque era feriado de Año Nuevo, una fecha en que todo estaba cerrado. Así, cuando nos entregaran el certificado de defunción, me llevarían allí para que terminara todo el papeleo.

Finalmente, con el certificado en la mano, abandonamos el hospital y fuimos a la oficina del forense. El Señor Velazquez, un hombre sumamente amable, nos atendió en su oficina donde firmé una montaña de papeles y solicité la cremación del cuerpo. Me dijo que estaba bien pero que demoraría dos semanas pues en Mendoza no había crematorio y que la cremación debía llevarse a cabo en Córdoba, a seis horas de viaje. Si quería las cenizas, debía esperar. Le respondí que no, que prefería que enviaran las cenizas a nuestros amigos en Mendoza y que ellos las llevarían a las montañas en Punta de Vacas, donde Jorge seguramente hubiera preferido que se esparcieran.

Esa noche, Quique y su esposa Sara me invitaron a cenar con la familia. Luego, Quique, que es joyero, trajo un paño con anillos de oro y plata y me pidió que eligiera el que quisiera.
Me sentí tan emocionada. Los anillos eran magníficos y me quedé un momento contemplándolos. Había varios que me gustaban, pero uno en particular me llamó la atención, un cintillo de plata con engarces de pequeñas flores, como una cadena de margaritas. Vino a mi mente mi sueño de la niñita, esa vida nueva, fresca como una flor que me esperaba, y escogí ese anillo. Aún lo llevo conmigo así como recuerdo con gratitud a Quique y a todos los amigos que me ayudaron a sobrellevar aquél momento, y a la nueva vida que aún hoy sigue desplegándose dentro mío y a mi alrededor.

Esa misma noche en las altas cumbres, algo muy especial ocurrió.

Arriba en el Parque de Estudio y Refleccion de Punta de Vacas .donde la Marcha Mundial estaba terminando , una multitud de amigos se habia reunido para celebrar el Año Nuevo. Silo estaba allí, y cuando se entero del fallecimiento de Jorge el le dijo a todos que fueran a la Sala para hacer la Ceremonia de Muerte.

Otra vez, sucedió que la legendaria buena suerte de Jorge apareció. Mas tarde, escuche que Silo hizo esta ceremonia, de el libro El MENSAJE DE SILO para Jorge,- yo me emocioné y sorprendí-de que el nunca había hecho la Ceremonia de Muerte para nadie antes. Pero entonces, reflexionando sobre esto, – me di cuenta de algo que tenia mucho sentido – que si cualquier otro gran viejo amigo hubiese elegido ese momento para partir, Silo hubiera gustosamente hecho la ceremonia por el, así como la hizo por Jorge. A proposito de la Ceremonia de Muerte, aunque en ella se honra al que ha partido, no es realmente para esa persona, es para los amigos para los que lo amaron y que permanecen acá- Silo sabia eso ya que el mismo iba a partir de la misma manera que Jorge partió nueve meses mas tarde ,en septiembre del 2010. Asi que en ese momento ,allí en el Parque de Punta de Vacas en la noche de Año Nuevo , con cantidad de amigos presentes, el tuvo la oportunidad no solo de despedir a Jorge sino que mostró a todos como había que hacerlo.

La noticia se difundió y rápidamente y la blanca cúpula se llenó de personas sentadas en los bancos ubicados en forma concéntrica en ese sencillo lugar. Muchos de los allí presentes no conocieron a Jorge, pero viendo que Silo en persona iba a hacer la Ceremonia no era una oportunidad para dejar pasar. Silo se sentó al lado de Nicole que oficio de traductora porque muchos de los allí presentes no hablaban castellano

Cuando de a poco se hizo silencio ,el empezó:

Un gran amigo nuestro, Jorge Espinet , murió hace una hora en Mendoza. El estaba viniendo para aca .Seguramente el quería pasar sus últimos momentos aquí, ya que estaba muy enfermo y estaba conciente de sus problemas de salud.

“Bueno” dijo mirando alrededor a todos , sus ojos brillaban con esa incontenible y picara benevolencia típica en el ,como si estuviera por compartir el mas gracioso de los chistes,” es allí donde todos nosotros vamos a ir!!”

Y el y todos en la sala estallaron en una cómplice carcajada.
Así, que continuó, ” ahora nosotros vamos a leer la Ceremonia de Muerte”

La ceremonia comienza sugiriéndole a los oyentes que separen de sus mentes el cuerpo y a la persona que conocieron.”Este cuerpo no es la persona que nosotros conocimos….Esto fue especialmente importante – Silo comento esa noche-, para los que habían conocido a Jorge.

Entonces el continuo diciendo que ” la cadena de acciones que Jorge desato en su vida ….. sus efectos…… no pueden detenerse nunca jamás…..

Y así aunque tú no sientas la presencia de “otra vida, separada del cuerpo”, fue significativamente importante la reflexión de que “la cadena de acciones hechas durante la vida no puede ser detenida por la muerte”. Luego ,el leyó:¡Aquellos que sientan la presencia de otra vida separada del cuerpo , considere que la muerte solo ha paralizado este cuerpo, que la mente una vez mas se ha liberado triunfalmente y se abre paso hacia la Luz….

Y concluyo: Cualquiera sean nuestras creencias no lloremos por el cuerpo de Jorge …Mejor meditemos sobre la raíz de nuestras creencias y una suave y silenciosa alegría llegara hasta nosotros ………Paz en el corazón…. ,Luz en el entendimiento………

Por supuesto muchos no pudieron estar presentes allí esa noche. Pero el fallecimiento fue sentido por muchos amigos alrededor del planeta.

Entre ellos estaba su gran amigo Fernando, quien venia viajando desde Chile a Punta de Vacas y en el momento de la muerte de Jorge el estaba tomando una curva en el camino cuando de repente le llego la certeza de que Jorge había fallecido y también supo -sin ninguna duda-que su querido amigo estaba absolutamente bien…..
La hermana de Jorge Maria Lola, a su vez, estaba meditando en su casa en Buenos Aires en ese momento y ella también sintió dentro de ella que su hermano había muerto.
Y también en ese mismo momento en Nueva York, su vieja amiga

Kaise, subiendo por las escaleras del subte después de trabajar, fue golpeada por una fuerza tremenda que casi la noquea en las escaleras .Y ella pensó. “Jorge”!!!“El venia increíblemente rápido!” me dijo ella cuando la vi, Como si apenas tuviera tiempo para decir: “Me estoy yendo de aquí”….. Yo realmente estaba muy emocionada de que el hubiese venido a despedirse de mi ……….

pág 57/ 65
Al día después de la partida de Jorge, nos dirigimos a las montañas con Paul, a la gran celebración del cierre de la Marcha Mundial, con las coloridas banderas naranjas, el cielo muy azul y el escandaloso rugir del viento. De todas partes del mundo quince mil personas habían asistido a participar del evento. Finalmente, regresé a Mendoza y tomé el vuelo a casa para estar con nuestra familia.

Dos semanas después, estaba en casa, en Davis, cuando recibí un mail de Roberto cuyo contenido me golpeó con fuerza. No era nada que ya no supiera, simplemente para decirme que el cuerpo de Jorge había sido cremado, que habían hecho una ceremonia en las montañas y adjuntaba un video. Lo que me golpeó con tan inesperada fuerza fue el simple hecho de que el cuerpo de Jorge hubiera sido quemado. Ya no

estaba en este mundo, finalmente se había ido. Y pese a mi creencia en la inmortalidad y la trascendencia, esa certeza me sacudió.
Miré el video, y la ceremonia fue hermosa, se realizó con mucho cuidado y afecto. Roberto me contó que había viajado desde Buenos Aires a las montañas y que se había encontrado con Quique, Daniel C, Hugo, Carlos y Daniel L. para esparcir las cenizas, que había leído las palabras que había escrito para su amigo Jorge, ese hombre que había vivido una vida feliz, amable y compasiva hasta el último momento. Estas son las palabras de Roberto en la ceremonia de esparcimiento de las cenizas de Jorge:

Ceremonia para Jorge Espinet

Parque Punta de Vacas, Argentina 28 de febrero de 2010

Hemos venido a despedir a un amigo que vive en el corazón de nuestra historia.
Un amigo que hoy vuela hacia el infinito.

Un buen amigo, alegre, al que le gustaba conversar, que amaba la aventura, protagonista de tantas anécdotas
que podríamos estar días en esta montaña riendo y conociéndolo mejor.

Un amigo que nos acompañó durante más de 35 años.
Llegó a este lugar, no sin un gran esfuerzo, para quedarse. Quería estar aquí.
Hoy, nuestro amigo no está aquí, y aún así podemos sentir y reconocer en nosotros la influencia vital de sus acciones.
En este paisaje rodeado por las montañas majestuosas, los grandes cóndores remontan su vuelo en los vientos poderosos.
Esos vientos extraordinarios llevarán las acciones de Jorge una vez más, desde aquí a Davis, a Portland, a Berkeley, a Hawai, a Nueva York, a Red Bluff , a Buenos Aires, a Paraná, y a todos los lugares distantes donde generó y halló tanto amor.
En “El Camino” de “El Mensaje de Silo” dice:
“Si crees que tu vida termina con la muerte, lo que piensas, sientes y haces no tiene sentido. Todo concluye en la incoherencia, en la desintegración.”
“Si crees que tu vida no termina con la muerte, debe coincidir lo que piensas con lo que sientes y con lo que haces. Todo debe avanzar hacia la coherencia, hacia la unidad.”

Me gustaría leerles un hermoso e inspirado poema escrito por Jorge:

Mi Yo y el Control de la Torre de Vuelo de Ensueños

Mi yo tiene recuerdos dolorosos de estupidez, de incomprensión, de humillación y fracaso.
Quizás por eso sueña mucho

sueña con controlar el futuro
con ser aliado del azar
con tener fortunas
con que el Destino se exprese a su favor con ser reconocido

con que todo permanezca bajo su control
con que se garantice su supervivencia.
En esto se pasa mucho tiempo
en la Torre de Control de Vuelos de Ensueños imaginando situaciones

tratando de controlar su miedo al futuro.

Observando todo esto
meditando sobre lo aburrido y repetitivo de esta situación
Hice un pedido desde lo profundo
por algo que necesito realmente:
un nuevo control en la Torre de Vuelos.

Entonces sentí que a mi pedido
acudió como respuesta una inmensa alegría y una enorme sensación de libertad
Sentí que allá en lo profundo
se esconde el yo profundo
el de la intencionalidad
el que crea nuevas dimensiones
en el espacio y en el tiempo
el que no teme al futuro porque sabe
que este es eterno y siempre nuevo
el que mira al mundo desde un lugar nuevo limpio y cristalino
el que comienza a expresarse
cumpliendo mi pedido.

Jorge Espinet 4 julio 2007

V. Poemas para Jorge

No era exactamente del tipo fuerte y silencioso, Jorge tenía una gran presencia,
una presencia que yo podía percibir
cuando se encontraba en cualquier lugar cercano.

Y su tranquilidad
Era como una dulzura que se esparcía Con un zumbido muy suave;
y por supuesto, su constante referencia a Trudi, “Eso es cierto, Trudi!” Seguramente se moverá más fácilmente y con la gracia natural
mantenida por su ser
ahora que ya

Una visión de la vida de Jorge

no precisa mover su cuerpo
y que está libre de la representación viviendo en lo sagrado
que siempre lo reconfortó.

Kurt Heyl

Aprender a escuchar
se convierte en una lección sencilla al pensar en el modo en que Jorge escuchaba con una sonrisa Siempre.
Y su voz suave

sonreía de una manera
que hacía que escucharlo fuera

una dicha.

Aún ahora escucho esa sonrisa.

Gracias, Jorge, gracias. Charles Lasater

Gracias, Jorge, gracias.

Poemas de Trudi para Jorge

1985, el año en que nos conocimos…

A Jorge

Cuando en tu belleza me siento reflejada

me invade sentimientos de alegria

y asombro
(Cuando persigo tu sombra como una gata hambrienta entonces estoy perdida.) Por ello
con Júbilo

te entrego mi Amor!

Palabras a mí misma:
No pienses en tu relación
ni en el modo de conservarla. Preocúpate por dar
desde tu inagotable fuente
de felicidad!

Primavera del año 2009…

Me pasé la vida en
las salas de cine
estaba oscuro y me sentía cómoda podía observar los desastres de otros desarrollarse ante mis ojos
y estremecerme con sus miedos,
Y llorar con ellos y regocijarme,

pero ninguno me llegaba en realidad Era una observadora privilegiada.

Entonces, la película llegó a su fin,
y yo emergí al sol enceguecedor
,del mediodía,
el momento en que uno puede pasear y hacer cosas
y hablar con las personas y ser atropellada por un auto

si no se es cuidadoso
Y me di cuenta que tanto yo como mis seres amados pueden morir…………….

Verano del 2009…

En esta tarde dorada

cuán maravillosa es nuestra vida
tu amorosa mirada
tu palabra atravesando el espacio
que se posa en mis oídos e ilumina mi vida cuánto más rica, más plena y vital

que el túnel de inquietudes
que evita
el Misterio
secreto, tibio y palpable
que brilla a cada lado de la Puerta que se abre a Un Mundo Luminoso con su diminuto ojo de la cerradura la Muerte

El momento sagrado

Ven amado mí
Este es el Momento Sagrado En el transcurrir de los días

te veo débilmente
:al igual que tú me ves a mí:
a través de las capas de niebla
de los días y los años
simples caricaturas
de nosotros
Pero somos Majestuosos
e Inmortales
Así pues unámonos ahora
en el ingreso a lo Profundo sagrada carne y hueso
fundidos
cayendo dentro de nuestros ojos hasta que nuestra mirada se aclare

y nos encontremos Entronizados
en la unica profunda, eterna

e inagotable Realidad Ataviados

y Coronados
En Plena Felicidad

Al yacer juntos
Amado mio
somos el cielo y la tierra
iluminados por la luz profunda de estrellas sobre el ancho valle
en la estación
de la abundancia
Aquí
Juntos
entramos en los límites
del Cariño
Aquí el corazón
esparce sus semillas
a los cuatro vientos
en el goce sin límites
del Sol naciente

Hoy desperté en brazos de la alegría Pues, por el tiempo que estemos aquí me regocijaré contigo
y cuando llegue el momento

de entregar la Última Ofrenda Sagrada la Ofrenda del Cuerpo
la Ofrenda de la Vida
En ese momento, también

me regocijaré contigo.

Compartiendo lo importante

Nunca antes se me había ocurrido, simplemente asumí que sabías
aún cuando dormimos juntos
a menudo lo hacías descuidadamente o no lo hacias

Pero una no pide las cosas que desea realmente
Así que ayer
al observar esto

I finalmente te dije
que cuando acaricias mi espalda desnuda

Delicadamente simplemente así

Me transportas a un cielo maravilloso. Y tu dices que no lo sabías
y continúas haciéndolo

Sonriendo
Por mucho, mucho tiempo… Asi que ahora debo decirte esto También

Solo para asegurarme que entiendas que tu real cuerpo-mente
completa un espacio
En mi

que hace que todo el mundo Brille

Dos poemas poco serios pero sinceros acerca de la Mortalidad y el Soltar

i.
Al final
uno tiene que resolver
el importante asunto
de la pérdida
P .É.R.D.I.D.A.*1
Dejar ir algo engañoso
como la necesidad imposible
de retener
una Forma pura y vacia
– el propio cuerpo
un sueño –
y el resentimiento aterrorizado
Que llega cuando te das cuenta que no puedes Arrancar uno a uno
todos los ingredientes pendientes
de la tristeza
que se atrapan entre sí
con ese sentimiento retorcido

1 Las palabras del verso siguiente son un acrónimo de la palabra inglesa LOSS

en mi corazón. El cual es después de todo simplemente

a una sensación asida en la negativa a soltar.
Y entonces –
Oh, entonces vendra

la Nada
a llenar el gran vacío O quizás
solo el Amor

ii.
No!
Grita el Yo
Tú no puedes morir
Y dejarme
En este pozo
De soledad y desesperación Pero si debes hacerlo quiero saber cuándo
Y por qué y dónde
Yo quiero todo atado
en un prolijo montoncito que pueda tragar
y expulsar
Como un inmenso Imposible

ave
Dejándome íntegra Y sabia
Y bien

Transferencia

¿Qué es esta paz?
Nuestros hijos me ven acercar la cara
a la fragante flor de la ilusión
Para esconderme de tu partida.
Pero me atrevo a aventurar -en mi audacia-
que esta paz es el mensajero de la Muerte Endulzando el camino con su calma indoblegable mientras esperamos tras la cortina
Como los dos monjes, ¡Tú primero! ¡No tú! Esperemos aquí, querido amigo

Amigo y Amante,
Humildes y resplandecientes
llevando la Ofrenda de nuestras vidas Esperando en plenitud,construyendo vida

juntos o separados
Preparemos el lugar con alegría
Limpiemos el suelo y ordenemos las ofrendas Allí donde el sol arroja su fuego crepuscular En paz esperemos
hasta ese el momento más silencioso
Cuando el Amigo se acerque sigiloso

A guiarnos a cada uno a casa.

Escrito en la tarde del 10 de junio de 2009 Contemplando a mi marido enfermo,ante la

perspectiva de una cura milagrosa…….

Partida y retorno

En la búsqueda de mi gratitud más profunda I Descubro que el dolor y la felicidad son

los dos brazos del Amor
y que la pérdida
Borra una vida de mundanidad
Pule cada momento hasta que brilla Con un lustre que atraviesa el corazón Y yo recuerdo cada momento contigo Pasado, presente y futuro

diáfanos y más plenos que llenos En esta senda que parece bifurcarse Hasta que al fin
Completo y dulce, como si nunca

nos hubiéramos separado
nos encontramos Aquí, junto
En la morada sagrada de nuestro Destino La eterna bondad
Del corazón

Invierno 2010

Contacto
Si me quedo en casa todo el día, ya sea
en Internet y al teléfono
con el tiempo siento que necesito ver gente.

Salgo y me siento en el banco de mi lugar sagrado,
y los pájaros
y la luz dorada en los robles

y la brisa
me elevan
en una suave alegría
Una bandada de cuervos me saluda volando sobre mi cabeza,

y adivino la caligrafia de los gansos salvajes cruzando la blanca luna del atardecer
y un avión blanco apunta a la luna
pero falla, pasando a dos pies por debajo Veo personas caminando , en bicicleta,

corriendo, tan dolidas

y concentradas, o leen bajo los árboles, absortas A veces saludo y sonrío, pero no es
este contacto con la gente lo que me eleva

Es la apertura, la fusión, la reverencia a lo sagrado
que permite llenarme
Imagen Sagrada, memoria sagrada que mi Conciencia

me concede a mi y al mundo Con esto juego,con esto
me alimento

y nos encontremos Entronizados
en la unica profunda, eterna e inagotable

Realidad

Ataviados
y Coronados
en Plena Felicidad

A mi lado y dentro de mí

Cuando recuerdo como era
tenerte caminando a mi lado
todos los problemas desaparecen
Me siento abierta y ligera y profunda y todo está bien

Me atrevo a recordar
y antes de que alcance a cerrar la puerta te cuelas con tu adorada calma
y con una cadencia sorprendente
todas mis aristas se derriten
Me siento tan en paz
que hasta los pájaros grises más pequeños se reúnen en las ramas del roble sobre mi suaves, delicados, perfectos
y sin miedo
Te llevaré conmigo donde vaya
mi amor
tú y el resplandor del sol
y la risa profunda

en tus ojos

Buscando a Dios

Errante y desamparada
Buscando a Dios
En todos los lugares donde ella no está Tropecé con la piedra
De tu ausencia
Y la avalancha
Me sepultó en lo profundo

Mis lágrimas
son ríos de hielo
y me cubre el oscuro dolor
Sin luz ni aire
Llamo y llamo
Y llamo
Pero no recibo respuesta alguna

Hasta que finalmente Habiéndo llamado lo suficiente aparentemente viva aún
Abro los ojos
Y contemplo
A la Reina de los Árboles

Brillando imponente ante mí Verde como verde saturado con luz dorada

Cada hoja una joya estallando en luces Su alegría es eterna

[pág. 77 / 85]

Imploro una respuesta:
¿Cómo puedo llorar su pérdida En un mundo colmado
Y floreciente
de tesoros luminosos
Del Espíritu
Como estos?

Me inclino ante este misterio Pues, ahora veo
Que mientras la oscuridad anida en mi corazón

Aquí en el Centro
Brilla la Luz
Aquí habita la Eternidad

Antes de tu partida

Antes de que partieras, Yo te leí
de la ceremonia
de Asistencia:

“de tu vida
son el juicio
de tus acciones…”
y tú recordabas
y sonreias
y te fuiste a viajar
por las tierras
más allá de todos los recuerdos

Y hoy, te recuerdo
tan claramente, amado mío Flor de
irresistible dulzura
en la noche de mi corazón cuando me acariciaste
como nadie jamás lo ha hecho ni lo hará.

Suave recuerdo
fundación de mi calma
recuerdo cambiante
como el tiempo
Gema resplandeciente de ausencia descubierta
por los amores que se despliegan a mi alrededor y en mi interior: Hermanas y hermanos
Padres e hijos,
Amigos y amantes,
en ese apretón de manos
de lo eterno
que se romperá
triturado y destrozado
en toda su apariencia exterior Aún así tu melodía
brota clara y dulce
tan cerca dentro de mí:
la distancia
de un beso,
el latido
de una mirada,
el interior
de una sonrisa.

Regalar

Para Jorge

Al no hacer casi nada
lo hiciste todo:
sin un atisbo de precaución entregaste tu regalo de simplemente estar allí

curioso atento sonriente

y relatando tus historias increíbles sensibilizando y abriendo los corazones de personas a un millón de kilómetros
a la redonda….

Entonces, de repente
llegó el momento
de que partieras
de que fueras a vivir a la ciudad escondida en el lugar donde nadie muere.

Tu partida me dejó vacía y angustiada carcomida por el dolor,
pero al mismo tiempo en paz y dichosa viendo que partes tan luminoso

tan pleno, tan calmo y dulce
Y también para mí fue correcto,

porque esa inmensa cantidad de años, demasiado breves, que siguieron al día en que me entregaste el corazón
y tu mundo
y tu mano era tan fuerte y cálida en la mia

mientras yacíamos acunados
por un millón de mundos sin muerte felices como niños
mirando florecer de nuevo hijos y nietos ideas y aventuras y bondad
Durante todo ese tiempo
no quise dejarte ir
Entonces,

Ahora es mi tiempo de comenzar una vida nueva nutriendo a esta niña
que se esconde en mi corazón con alegría y miedo. Un tiempo [dedicado] a mi parte más profunda para enseñarle

cómo vivir y dar desde su interior sin que nadie la acompañe
pero sabiendo que nunca está sola con todo su corazón

y sus dos manos

Entonces,
en este lugar de nubes y colinas
de pastos y rocío
Retorno al lugar de mis primeros comienzos
donde Bach y la poesía una vez me llevaron de la mano

abriendo la senda
hacia las tinieblas…………

Aquí, ahora
observando el vuelo de un cuervo recortado sobre las colinas lejanas que se elevan unas sobre otras, como el tiempo
como los años
aqui en esta tierra primitiva
lloro a corazón abierto

Las manos libres ahora
un hoyo tan profundo como lo es Dios en mi corazón Te siento cantar dentro mío
Te siento sonreír
escuchando conmigo
abrazandome por detrás
sintiendo la brisa
esperando que llueva

Y yo pido Luz para que resplandezca a través de mí yo pido entregar mi Regalo
y hacer todo lo que vine a hacer
Y te digo que

cuando finalmente haya entregado todo ello – el regalo que hicimos juntos

tu y yo, y todos nuestros seres queridos y maestros y guías a través del tiempo
Entonces, y solo entonces, me reuniré contigo Con mi corazon libre y abierto

Allí en el lugar donde nunca se muere…………………

Learning to see

Walking yesterday alone
I saw a hawk circling high

her keening cry repeated
and repeated
in the bright air until there

an arc of the compass away
appeared her mate
and her keening ceased

In the silence they circled distant
yet together riding the wind two poles

of the whole sky

Aprender a ver

Ayer, Caminando sola
Vi un halcón

volando en círculos en lo alto su agudo chillido

repetía y repetía

en el limpido aire hasta que allá

un arco en la lejanía
a la distancia
apareció su compañero

y su chillido se extinguió

En el silencio volaban en círculos distantes

aunque juntos cabalgando en el viento como los dos polos
de todo el cielo

And my whole being went there
and was silent
with them

Today I remember that you are not here and I weep at the rip in my heart

But then
there they are again
One resting high
copa
in a sycamore
surveying the wide world The other
across the gulch
golden back gleaming brillando
from the heights
of a kingly oak

And I know
that you too
are here somewhere hidden but glorious

in all the fullness
of your winged being

Y todo mi Ser
fue hasta alla
y estuvo en silencio

con ellos

Hoy recordé
que ya no estás aquí

y lloré por mi corazón desgarrado

Pero entonces
alli están, nuevamente uno, descansando en la

de un plátano
vigilando el ancho mundo

El otro
cruzando la rambla

con su lomo dorado

en lo alto
de un roble majestuoso

Y yo sé
que tú también

estás aquí
en algún lugar, oculto pero espléndido

en toda la plenitud de tu Ser Alado

Waiting for me to see

Esperándome, a mi,
que vea

Lectura adicional:

www.WingedLionPress.weebly.com

Suaves Roces con la Muerte

Trudi Lee Richards

Author, poet, Spanish-English translator; Activist and community builder. Member of the international Community of Silo's Message (www.silosmessage.net) and its Portland, Oregon and Red Bluff, California communities (www.RedBluffPark.org) Published work includes "On Wings of Intent, a biography of Silo," "Soft Brushes with Death, a Jorge Espinet Primer," "Fish Scribbles," and "Experiences on the Threshold - with Silo's Message." Also publisher and editor of "Human Future," an independent review published in San Francisco, California, from 1989 to 1996. Mother of five grown kids/stepkids and five step grandkids; Long ago graduate of Stanford University; Lives in Portland, Oregon.